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La Palabra de Ezeiza | Septiembre de 2022

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Dragonauta, entre el culto y la leyenda

Por Fernando Farías | Especial para La Palabra de Ezeiza | 28 de agosto de 2022


¿Cuándo una banda se transforma en leyenda? Ni idea. Pero si Dragonauta no es leyenda, va en camino. Desde sus míticos arranques marcadísimos por los primeros materiales de Black Sabbath, pasando por cuando fueron llamados la banda de doom más rápida del mundo, sumando la experimentación con el jazz y el black metal, hasta el presente donde en su propuesta se destacan los climas que alternan agresión y psicodelia, Dragonauta continúa siendo ese engendro sideral tan difícil de definir que hay que sentir por lo menos una vez en la vida. Para colmo, tocan muy poco, acentuando su estatus de culto. Si hay show de Drago, es ir o ir. Pensando esto me acerqué el viernes 26 de agosto de 2022 hasta el Uniclub. Si es verdad el dicho que reza que a Drago no se lo escucha, se lo experimenta, esa noche con el cielo cerrado y viento de lluvia no podía ser mejor ocasión.
Las puertas se abrieron pasadas las 20. Adentro estaban el escenario, la barra y un puesto con remeras. Las casacas —solo disponibles en los recitales— destacan por el arte oscuro: algunas eran basadas en el disco Omega Pentagram y otras presentaban el clásico murciélago de las viejas fechas apodadas Rituales necrocósmicos. ¿Qué otra banda después del Covid sigue poniendo un murciélago en una remera?
La gente iba cayendo al boliche mientras sonaban Pentagram, Mercyful Fate y El Reloj. Las teclas de la rocola eran manejadas por el exviolero de Drago Hernán Espejo. De sombrero, Espejo —músico de amplísima trayectoria en Vrede, Bandera de Niebla y Baxaxa, por nombrar algunos de sus proyectos— amenizaba la espera del plato fuerte con una selección de temones de grupos de culto. Otra característica típica de la agrupación: los exmiembros suelen hacer apariciones en los shows en vivo.
Pasaban las 21 cuando el estruendo de una sirena acercó como un imán gente al escenario. ¿Alguien dijo War pigs? Del otro lado de las cortinas negras se percibían movimientos, gente acomodándose. Compré una lata de Quilmes en la barra y me apuré para conseguir un buen lugar. La sirena se mezcló con teclados. Parecía que el mundo estaba por reventar cuando por fin se descorrieron las cortinas. Ahí estaban Daniel Libedinsky —único miembro original— en viola y coros, Leandro Matías Bajar en la otra viola, Leonardo Yegros en batería, Agustín Lomez en teclados y el Topo Armetta —quien volvió a la banda justo antes de la pandemia— en bajo y voz. Libedinsky peinó la Gibson y los primeros tonos en quinta opacaron los aplausos. La banda se acopló a un riff simple, de pocas notas, que se coreó con más ganas que una canción de cancha. Desde el escenario, seriedad, concentración y headbanging. Desde abajo, sonrisas y más aplausos. God half blind demolía el Uniclub. Por una pantalla ubicada detrás de los músicos discurrían antiguas imágenes de películas de terror. Todas mis dudas habían desaparecido con la inconfundible ráfaga sónica de los Drago: esta era una experiencia que había que vivir.
Los últimos acordes del celebradísimo arranque dieron paso a Draconian steel, para la cual se sumó Lucien Anello, quien supo ponerle voz a Dragonauta durante cinco años. El estruendo de la canción más pesada de la noche y los gruñidos de Anello devolvieron a los presentes al por ahora último disco editado de la banda, Entropicornio. El material, un experimento donde se jugaron por un black metal mezclado con tonos progresivos y el típico doom de siempre, vino perfecto para recordar las reinvenciones del fenómeno Dragonauta, que literalmente no tiene dos discos iguales. Tras los aplausos que despidieron a Anello, siguió el mazazo de velocidad Nautilus 666 y luego Orbital coffins, donde se lució Agustín Lomez. Si bien la agrupación ya había experimentado con teclados, es la primera vez que cuenta con un miembro permanente encargado de las teclas. Tal cual declaró Armetta en una entrevista, el sonido moderno de Dragonauta alterna momentos de calma y golpes de furia. Es en los climas más relajados donde destaca la presencia de Lomez, llevando una clásica impronta híper pesada a territorios más setenteros.
Continuaron con Arioma ouroboros, canción que titula el próximo lanzamiento. En este temón quedó en evidencia el juego de violencia y calma que Armetta destacó de la nueva formación. Con largos pasajes instrumentales y una especie de mantra cantado por Libedinsky, el ataque sónico recordó por momentos a Natas, grupo con el que Dragonauta está hermanado histórica, sonora y en algunos conceptos temáticamente.
Para el final quedaron los clásicos máximos de la vieja etapa de Armetta. Cuando empezó a sonar el groove de The talking snake —apodada cariñosamente La serpiente parlanchina en el Instagram del Topo—, las sonrisas en el público se cuadruplicaron. No se hicieron esperar los coreos de la melodía a dos guitarras, casi una mezcla profana entre Thin Lizzy y —¡por supuesto!— Black Sabbath. Continuó la única canción en español de la noche: Muerte y destrucción. Ahí sí todos cantamos esa letra, ideal para armar un cóctel molotov y estrellarlo contra la cruz de un cementerio. Algunos armaron un intento de pogo donde se mezclaron alegría, ebriedad y cuernos en alto. La noche no era una simple fiesta. Era la fiesta del año.
El Topo sonrió igual que un pibe en su cumpleaños ideal y agradeció a quienes nos acercamos. Luego, los Drago pelaron el último as bajo la manga: Frozen neptunian demons. Las guitarras de la canción que abre Omega pentagram fueron coreadas por todo Uniclub. El semipogo de sonrisas y alcohol volvió a decir presente mientras otros sacudíamos el bocho al costado. Dragonauta se despedía y los asistentes tratábamos de no pensar que tendríamos que esperar varios meses para un nuevo ritual. Tras la estocada final, los músicos saludaron efímeramente y se retiraron. Debajo de las tablas solamente se oían comentarios positivos. Aproveché para sacarle una foto a una lista de temas que me prestó un afortunado que se hizo con el trofeo. Recién ahí me avivé que en mi derecha había quedado abierta la Quilmes comprada antes del recital.
Tomé un trago. Si digo que eso era caldo, me quedo corto. Tiré la lata en un tacho y me retiré del Uniclub. Afuera, la noche porteña me devolvió a un clima denso, la previa de la tormenta que continuaba demorándose. Caminé hasta el subte pensando que, sí, Dragonauta no se escucha, se experimenta. Por algo las frases hechas se repiten tanto. No se puede explicar con palabras ese trance sónico que alterna agresividad y calma, cagándote a palos y dándote tiempo a respirar antes de volver a cagarte a palos. Un trance que hace que te olvides de todo. Hasta de la birra que recién compraste.
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