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La Palabra de Ezeiza | Septiembre de 2022

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Un simple saludo

Por Hugo Alberto Panza | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch


Hace años que ella está en el mismo lugar. Día tras día, hora tras hora, siempre allí. Lava la verdura en la vereda de la verdulería.
Vino de Bolivia hace mucho tiempo. Quién sabe qué gran necesidad la habrá llevado a dejar su tierra y viajar miles de kilómetros para finalmente encontrar su lugar y su supervivencia en ese pedacito de vereda en el que hace su trabajo.
Casi no levanta la vista. No sé si porque no le hace falta, o porque no quiere ver cómo transcurre la vida a su alrededor.
De tanto verla allí, se ha hecho invisible. Ya nadie la mira. Es algo más en el paisaje de la ciudad.
La gente apurada la esquiva al volver, o ir a su trabajo. Las mujeres que van a la verdulería con sus changuitos son atendidas por el dueño mientras otras esperan y observan la mercadería, aguardando su turno, paradas a su lado. Nadie le pregunta nada. Tal vez muchos piensen que no habla. Y algunos, tal vez, y eso es lo más grave, piensen que no siente. 
Nadie la saluda, nadie la ve.
Como si todos aceptaran que ese es su destino y no tienen por qué mirarla ni saludarla. Como si fuera una planta que ha crecido en ese lugar.
Me encontraba en mi trabajo cuando mi madre, luego de ver la noticia del naufragio de un barco con inmigrantes en el Mediterráneo, me dijo:
—¿Viste la boliviana que lava la verdura en la verdulería de la otra cuadra?
—¡Ah, sí! La vi. ¿Qué pasó?
—Hace muchos años que está ahí, en el mismo lugar.
—Sí. Hace mucho, ¿no?
—¡Sííí! ¡Muchísimo! ¿Y sabés una cosa?
—Qué cosa.
—Hace ya un tiempo, la saludé. Le dije: “¡Buenos días, señora!”. ¡No sabés cómo levantó la vista y me miró! ¡Parecía sorprendida! ¡Claro! ¡Nadie la saluda!
Me quedé mirando a mi vieja y asentí con la cabeza. Mi mamá tenía razón. Sólo esa frase me hizo comprender todo. Yo tampoco advertía que nadie la miraba y nadie la saludaba. 
—¡No sabés! —continuó mi vieja—. ¡Ahora cuando me ve, se levanta, y es ella quien viene a saludarme!
¡Un saludo! ¡¡Se dieron cuenta!! ¡Sólo un saludo!
Con ese simple acto, mi mamá le dijo a esa persona: “¡Somos iguales! ¡Hola! ¡Levantá la vista! ¡Te doy mi respeto! ¡Te respeto! ¡Y respeto tu trabajo!”.
Un simple saludo logró el milagro de hacer levantar la vista a esa mujer y hacerla sentir bien.
—¡Sííí! ¡No sabés! ¡No sabés cómo me viene a saludar! —seguía repitiendo mi mamá.
Tal vez todos, cuando salimos a la calle, deberíamos prestar más atención. ¿No les parece?

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