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La Palabra de Ezeiza | Septiembre de 2021

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En las calles de El Trébol

Por Ernestina Blanco | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Hay esperanza de primavera en la mañana fría. Graciela e Ignacio bromean en la calle sobre barrios y personas cuya historia atrae más que su porvenir. Sweater amplio y jean estrecho, ella ronda los sesenta; ropa deportiva y zapatillas con aire, él se acerca a los cincuenta. Tal vez agotados por el abuso de ironía, cambian al modo despedida. Él anuncia que llevará “vino añejo y pareja nueva a lo de Belu”, y consulta a Grace si piensa ir a pesar de la pandemia. Ella asiente. Aportará helado “por si se caldean los ánimos”. Entre risas, él cruza hacia la mano del sol por delante de una camioneta policial de andar cansino —previo intercambio de saludos con el conductor— y se aleja a grandes trancos.
Dobla en la esquina con el sol a cuestas e inicia un trote acompasado. No hay veredas en El Trébol. La calle curva tiene el discreto encanto de las que trasgreden la cuadrícula en ese viejo Barrio Parque. El asfalto se acaba a unos cien metros. Ese dato y la hora temprana explican la ausencia de autos, a excepción de los que esperan fielmente a sus dueños. Modulado por un gritar de teros y cantares de calandrias es casi agreste el silencio urbano. Una mujer que habla sola en voz baja viene despacio por el lado de la sombra. De edad indefinida como el color de su buzo, losjuanetes deforman sus zapatillas
de lona. Saluda formalmente a Ignacio, que responde con una sonrisa ensimismada. Una cuadra más allá, un perro amarillo sale al encuentro de la mujer, cauteloso y mendicante. Ella no deja de hablar
pero saca un pedazo de pan de la bolsa que cuelga de su brazo y se lo ofrece. Sin olfatearlo, el perro lo traga y comienza a seguirla. La mujer saluda ahora a una pareja que camina a buen ritmo en la misma dirección por la otra mano, de cara al sol. El hombre le contesta con un gesto. 
—No hagas contacto visual para que el perro no nos siga —advierte su compañera.
La mujer toma hacia el norte por una calle de hormigón con el perro pegado a sus talones. Una ruidosa moto esquiva peligrosamente a un hombre que marcha imperturbable con los brazos rectos e inmóviles colgados de los hombros y una vara en la mano. Se aproximan tres mujeres con calzas estampadas; a unos metros, una niña en patines y más atrás, un niño en bicicleta. Las mujeres hablan en voz alta y simultáneamente: proferir palabras acaso importe más que escucharlas. Aunque los temas sean diferentes (cloacas demoradas; cotorras invasoras; bicicletas robadas; claveles del aire...) el tono de queja es el mismo. Un auto blanco sortea velozmente los montones de pasto que jalonan ese tramo de la calle y las caminantes claman y reclaman por el riesgo de accidentes. La algarabíacrece a su paso con los ladridos que se suceden en solidaridad probable.
Al llegar a una casa de diseño actual, la mujer guarda los auriculares y da más pan al perro. Un labrador se abalanza a lamerla cuando echa llave a la reja peatonal. Ella lo acaricia. El perro amarillo se sienta y observa desde fuera. 
—¡Hola, Doris! Los chicos te esperan tan ansiosos como Teo, no desayunaron —grita Belén alegremente. 
Muy apurada, sube al auto estacionado a mitad del camino de salida y continúa sin pausa, mientras se ajusta el cinturón, enciende el motor y abre el portón con el control remoto
—Prepará una rica cena para cinco porque vienen los vecinos (hay de todo); dejá algo listo para los chiscos; Santiago vuelve a eso de las seis así podés irte. ¡Qué lindo día, Doris, buenísimo que vengas caminando!
Acelera y se va, quizá sin escuchar que Dorotea (este es su nombre) responde quedamente antes de que la reja empiece a cerrarse.
La mujer y Teo entran a la casa; la puerta asordina voces infantiles. En el parque, el sol aún no ha subido a la copa del aromo de flores aromadas. Se oyen los rumores de la ruta y más allá, la bocina de un tren. Un contrapunto de benteveos acompaña el arrullo de torcazas lejanas. En la calle, el perro amarillo se estira: patas, bien atrás; manos, bien adelante. Después se deja caer pesadamente de costado con un resuello hondo y largo que suena a suspiro. 
Un chirrido de frenos interrumpe la placidez de la mañana. 

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