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La Palabra de Ezeiza | Jueves 6 de agosto de 2020

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Quillén, el jinete de surubíes

Por Torosaurio | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini | #FiccionesEzeicenses

En el libro Las vacas vuelan, de Patricia Faure, hay un reportaje donde el doctor Manuel Ricardo Rebagliati recuerda nombres antiguos de calles de Ezeiza. Algunos son “El eucalipto”, “La vaca echada”, “Del ombú” y “Las cuevas”. Sin embargo, se omiten dos caminos que se cruzaban en una intersección. El Tata Algarrabay (viejo conocido de esta sección, de 126 años y memoria inoxidable) conoció al habitante de esa esquina: “Se llamaba Quillén Pérez, y vino del Chaco en el 46. Estaba criado cerca del Río Bermejo y le gustaba trabajar la tierra y montar surubíes. No es joda: era jinete de surubíes”. Quillén había traído una tropilla de peces para no extrañar su Chaco natal, y en el fondo de la casa les hizo un estanque circular de quince metros por dos de profundidad. “Cavó un montón”, admite el Tata. Las acrobacias de Quillén y sus surubíes se transformaron en espectáculos obligados para los vecinos zonales. El chaqueño cabalgaba sobre el lomo de los peces, y los bichos peleaban para ver cuál era el siguiente. Todo anduvo normal, hasta que Robledo Zavala, otro vecino, trajo un extraño surubí comprado en Buenos Aires. Era alargado, brillaba, y se lo habían entregado en una bolsa de plástico. “Le preguntó a Quillén si no quería cabalgar en el pez nuevo, y el otro dijo que sí”, sigue el Tata. “Robledo largó el surubí en la zanja, y Quillén, apenas le apoyó las nalgas en el lomo, puso una cara espantosa y cayó de costado”. Efectivamente, Quillén acababa de morir, al igual que toda su tropilla. El único animal vivo en esa zanja mortífera era el pez de Robledo. “Llamamos a un médico que también era pescador, y nos tiró la posta: ese surubí alargado no era un surubí alargado, sino una anguila eléctrica”. El cuerpo de Quillén fue retirado con la ayuda de unos gruesos guantes de plástico, al igual que los surubíes, que terminaron en las parrillas de los vecinos. “El estúpido de Robledo se fue llorando a la casa, y con la anguila ni idea qué pasó”, concluye el Tata. “Hoy no me acuerdo dónde se ubica la esquina, pero sí me acuerdo los nombres que se ganaron esas calles: Los surubíes y La anguila”.

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