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La Palabra de Ezeiza | Jueves 6 de agosto de 2020

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La garza en el estanque

Por Fernando Garriga (*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini


Los que tienen niños chicos, tienen problemas chicos: los que tienen hijos grandes, problemas grandes. Claro que los problemas surgen de eso, del concepto de tener. En mi caso, yo tengo problemas de estanques. Es decir, los que tenemos estanques, tenemos problemas de estanques. Estanques chicos, problemas chicos; estanques grandes, problemas grandes. Los peces anaranjados nadaban libres dentro de sus limitaciones. ¿Quién cuernos puede ser libre del todo en este mundo? Ni qué hablar en estos tiempos pandémicos. El tema es que esa cantidad de peces nadaba moderadamente libre en el estanque grande, entre rocas y nenúfares y algún que otro loto. Entre camalotes que florecen lilas en verano. Allí nadaban se supone que felices o al menos auténticamente “pecificados”, calculo. El tema de los mundos maravillosos es que siempre atraen predadores. Se quejan los que tienen negocio y los de los campos de más de dos mil hectáreas. ¿Por qué no puedo quejarme yo, que tengo estanque? En este caso mi problema se trató de una Garza mora. Vino una mañana y me pareció preciosa. Volvió a la tardecita y a la mañana siguiente. La cosa es que se morfó todos los peces. La caniche le tenía miedo. Ni modo de espantarla. Debe medir un metro, posada, su imagen reflejada en el agua mucho más grande que la esculturita del Buda. Sólo se echaba a volar cuando yo aparecía gesticulante y a los gritos. Recién ahí, elegante, lerda y parsimoniosa, alzaba el vuelo, la garza, no sin antes echarme un graznido que significaba algo así como: “Pelado vigilante, dejá a la naturaleza seguir su curso”. Bueno, el punto, es ese: me quedé sin peces y ella ya no viene más. Oportuno, por lo acuático y garcezco, nos parece, entonces, citar a Garcilaso de la Vega:

Hermosas ninfas, que, en el río metidas, 
contentas habitáis en las moradas 
de relucientes piedras fabricadas 
y en columnas de vidrio sostenidas;

agora estéis labrando embebecidas
o tejiendo las telas delicadas,
agora unas con otras apartadas
contándoos los amores y las vidas:

dejad un rato la labor, alzando
vuestras rubias cabezas a mirarme,
y no os detendréis mucho según ando,

que o no podréis de lástima escucharme,
o convertido en agua aquí llorando,
podréis allá despacio consolarme.

Nada que el tiempo no pueda remediar. El agua quieta refleja el mundo. Yo espero, garza que me hiciste mal. A veces lo bello puede ocultar lo trágico: me he comprado un arco y flechas.

(*) Escritor y paisajista, tiene publicados cuatro libros: Escuela para ciegos (2013), Continuidad de la obra (2015), Cumpleaños en la isla (2016) y Las invasiones ranqueles según mamá (2019).

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