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“Pequeñas intenciones” de Jorge Consiglio

Palabras de Fernando Garriga durante la presentación de la novela Pequeñas intenciones (Club Cinco, 2019) de Jorge Consiglio (*)

Como buen talibán que es, Consiglio atrae gente a sus talleres con la promesa de “armar un texto como una bomba”.
Nada más cierto: no bien recibimos el libro, advertimos que es una granada y que, chau, sin darnos cuenta, con sólo ojearlo, le hemos quitado el seguro. La granada ahora rueda entre nuestros pies. Ha empezado una cuenta regresiva.
La lectura de Pequeñas intenciones ocurre en el lapso de esa cuenta. La fuerza radica en que la explosión es posibilidad, está a punto.
Se inicia con la metáfora de una tormenta. Silencio y pesadez la presagian. Uno puede distraerse con las nubes o el vuelo de los pájaros que buscan apresurado refugio pero, se sabe, está todo tan calmo que es obvio que se va a pudrir.
Leer a Consiglio es como espiar a la araña que teje la tela. Sólo que somos la mosca.
La inocente y boba mosca a la que todo le parece divertido. La mosca que cree que la tela de la araña es una cama elástica para jugar.
Es que engaña el hecho de que los hilos pueden parecer líneas de un pentagrama sobre las que han escrito músicas amables. Funcionan también como el engarce de esas joyas que son los remates de algunas frases. Y para los remates, déjenme decirlo, Consiglio juega de diez y es zurdo. Las sentencias tienen el valor de las verdades más absolutas. Son goles, son amores. El texto como artefacto parece estar hecho para el placer lector y en eso, y en otras cosas, Consiglio me hace acordar a Borges.
Pero las arañas son venenosas; su naturaleza es hacer de los textos, trampas.
Consiglio armó una bomba de retardo. Estalla de un modo a la primera lectura y de otro a la segunda. No todos los libros resisten generar lecturas e interpretaciones distintas luego de tres leídas.
La escritura de Pequeñas intenciones, como la de toda telaraña, es concéntrica.
En este mundo de insectos, dependiendo de en qué hilo de la tela quede pegado el lector mosca, será la sustancia que se inocule. En todos los casos es droga de la buena. Lo malo para Consiglio es que nos vuelve adictos, pedimos más.
Es un libro que respira: se abren grietas y canales. La historia en sí misma resulta ser la superficie, lo visible; pero como en los hormigueros: debajo de un simple montículo existe una ciudad entera.
No deja de ser una novela de peripecias. Distintos hechos fortuitos van cambiando la deriva del protagonista. En esos cambios vamos haciéndonos cabal idea de la condición humana, de la profundidad de la caída de ese personaje. De las abyecciones y el extrañamiento de los vínculos y, sobre todo, del extrañamiento en su relación con el mundo exterior: se trata de un relato fóbico.
Es la descripción —tal vez metáfora de la crisis post 2001 lo que la actualizaría a hoy— de un tipo que lo va perdiendo todo, incluso el sentido que le da a los afectos que se van, de a poco, deformando.
La búsqueda de adaptación resulta en un raro Lazarillo de Haedo que pretende sobrevivir en un medio cada vez más devastado, detonado, mutilado de sus partes más simples y esenciales.
El cultor de la frase “tres empanadas” lo definiría como el mundo en el que existe una pobreza digna.
Se puede ser feliz con poco. Una huerta, unas gallinas, una casa que se cae a cachos pero con terrenito al fondo. Unos tomates, unas lechugas. Hay que acostumbrarse a la vida low cost , ¿no es cierto?  Pero esa caída no sólo es económica sino psicológica en el sentido más amplio.
Hay un verso del Altazor de Huidobro que marida perfectamente:

¿No ves que vas cayendo ya?
Limpia tu cabeza de prejuicio y moral
Y si queriendo alzarte nada has alcanzado
Déjate caer sin parar tu caída sin miedo al fondo
          (de la sombra
Sin miedo al enigma de ti mismo 
Acaso encuentres una luz sin noche
Perdida en las grietas de los precipicios

La peripecia resulta interior, siempre.
La mención de la luz, viene justamente al caso.
Hay algo de creación de un universo en la escritura consigliana. El acento está en la física. El extrañamiento lleva a contemplar el propio cuerpo como algo raro. El propio pie parece estar hecho de materia extraña: “tosco y mineral”, dice Consiglio.
La química y la física pueden ser tomadas como disciplinas poéticas. La concepción de las definiciones de los cuántos de luz, de los bosones y los fotones, es orgásmica. La energía de la luz, aunque sea refractada, excita al ojo. Funciona como estimulante: es éxtasis y, se sabe, todo el mundo quiere éxtasis.
Pequeñas intenciones es escritura por omisión. Describe voluptuosamente el acto de cocinar para señalar la falta de comida. Es en torno a la cocina que ocurre la sensualidad o, si se quiere, el más fuerte vínculo entre dos hermanos. Es por eso que, digo, la fuerza de lo que se narra está en lo omitido. Cuando dirigimos el haz de luz hacia las cosas, aparecen también las sombras. En ellas se detiene la narración.
Estas cuestiones de la física de la luz puede ser usadas para definir a Consiglio en general. Yo lo categorizaría como un autoroftalmológico: su universo es el del ojo. Su subproducto, la mirada. En ese universo el iris es la galaxia. El agujero negro o núcleo es la pupila, fuente de gravedad que absorbe y aprisiona todo lo que cae en ella.  Igual que el agua con restos de comida en el drenaje de la pileta de la cocina. La mirada es el aleph: todos los mundos posibles de ser vistos caben en esa mirada.
Volvimos con esto a Borges: Consiglio me resulta una especie de muñeco Borges, un artefacto
Borges. Pero este es un Borges que ve. Es Jorge Menard, autor del aleph, en eso se constituye.
Hay un incendio que es central en el relato. Otro de los hechos fortuitos que a cada tanto ocurren en la trama y lo cambian todo. Quedan marcas en el cuerpo del narrador, la renguera es descripta no bien empieza la novela. Todos tienen alguna marca en el cuerpo sean Montescos o Capuletos, lusers o güiners. Marcas y cicatrices. Hablamos de lunares, por ejemplo. La lucha entre el bien y el mal ocupa a los que tienen lunares versus el resto de la familia que no los tiene. El narrador rengo, por ejemplo y su hermano bobo. Nuria sí tiene un lunar en la cara. Nuria es la hermana exitosa, según el relato esquizoide del narrador protagonista. El sobrino bizco, hijo de Nuria, tiene las mismas manchas en la piel que la madre. Mira al narrador con inquina. Se trata de una mirada premonitoria de lo que después vendrá. La pasividad del protagonista es lo más angustiante del relato. La tensión que se logra con la pasividad del narrador se vuelve insoportable.
Pequeñas intenciones es una novela violenta. Pero de una violencia furtiva, solapada. Al estilo El cuento de la criada de Atwood. El tema, lo tremendo, es la pasividad. A la realidad el protagonista se la fuma pero como fumador pasivo. Es violento el mundo, pero no de un modo explícito. Me recuerda, en esto, al cuento “Nochero” de Saer.
Se trata de una presión atmosférica. Un choque subrepticio de placas tectónicas, que provocarán tsunamis invisibles, pero comprobables. La clave de esta novela es que la violencia se encuentra inserta en el punto de vista del cordero.
Pequeñas intenciones, de algún modo, es la historia del cordero feroz.
En este texto bomba, la explosión es polisémica
Si nos apuramos, antes de que nos coma la araña, podemos darnos el lujo de una lectura más:
Consiglio construye con cuestiones estéticas, elucubraciones políticas.
Cito un párrafo crucial a propósito de la caída y de tantas otras cosas: “En ese momento me sentí opuesto al común de los hombres: resbalaba por esa cuesta con la misma arbitrariedad con la que cae una piedra. Conforme con la más pura inmediatez, vacío y limpio, sin un maldito proyecto en qué pensar. La mayoría no se mueve así; son fieles a una lógica que termina resultando saludable porque tiende a una simplificación brutal.”
Por un lado es el párrafo anterior al incendio. Hacia su concreción se dirigía el narrador en bicicleta. Por otra parte es un planteo, de alguna manera, estético ante los cultores minimales del menos es más en la literatura. Los que pretenden narrar poco, con frases cortas. Los que  escriben con el freno de mano puesto. Este párrafo es un manifiesto estético pero como artefacto no como discurso.
Porque ya lo dice el I Ching: el único modo de luchar contra el mal, es un enérgico progreso en el sentido del bien. Nada más ni nada menos. Y eso es lo que hace Consiglio. Arma su bomba: hace volar por el aire la hegemonía banal y estética. Pero no lo dice: simplemente escribe.
Y al escribir funda territorios, universos cotidianos y simples tan próximos que nos son extraños, casi extraterrestres, abisales.
En este encuadre desde una especie de ciencia ficción, los aparadores funcionan como portales. Son atajos. La entrada es el aparador de la casa de Haedo. La madre pegaba en el dorso de la puerta recortes del diario Clarín (no creo que sea cashualidad, ¿no, Conshiglio?). El hecho de que se vuelvan amarillentos le permite al narrador hacerse cabal idea del paso del tiempo. Es por ese aparador que uno se mete —como en un portal del espacio-tiempo— para aparecer en otro aparador en Salta, en Nacanto. Un aparador que es una nave que tiene todo lo que uno necesita, carne seca, ajo, el té y los vasos en los que convida a su interlocutor, pasivo oyente de toda esta historia. Como ejemplo, el siguiente párrafo: “...me apoyaba en la puerta del aparador y así, parado, me iba ausentando”. No se trata, según veo, de otra cosa que de una especie de teletransportación.
Mi conclusión es que son tantas las lecturas posibles de Pequeñas intenciones que nos hacen pensar que estamos ante una novela aleph; una novela que contiene a todas las novelas posibles.
Lo que no se puede explicar es: cómo hace alguien para armar con tanta simpleza semejante bomba.
Salvo que, Consiglio, claro, sea la araña que teje. Entonces:Viva el veneno, carajo.

(*) Miércoles 19 de junio de 2019 en el Centro Cultural Macedonia (Sarmiento 3632, CABA)


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