¡Coman mantecol! ¡Miles de Bragagnolos no pueden equivocarse!

Palabras de Carlos Marcos durante la presentación de la novela El destino de las cosas últimas (Indómita Luz, 2018) de Matías Bragagnolo (*)

RECUERDOS DE INFANCIA

Me gustaría comenzar este humilde comentario sobre El destino de las cosas últimas de Matías Bragagnolo, con dos recuerdos de infancia (o tres o cuatro). Dos recuerdos (o tres o cuatro) a falta de uno. Dos recuerdos (o tres o cuatro) que discrepan y se asemejan a un mismo tiempo.
Digo “tres o cuatro” recuerdos porque hay algo compartido entre todos los seres humanos que es el “sentimiento oceánico”, como lo llama Freud, y que yo puedo extenderlo a cualquier cosa en grandes cantidades. Personalmente, las grandes cantidades de cualquier cosa me fascinan: gente, libros, agua, piedras, comida, bebida, dinero, lamparitas (de hecho en los negocios tipo la “casa de las mil lámparas” me quedo embobado). Grandes cantidades de cualquier cosa. En el sentido de este libro les recomiendo la visita a alguna de las plantas depuradoras de líquidos cloacales que tiene AYSA. Yo fui con alguno de mis hijos cuando hacía la primaria. Lo digo de verdad: es hipnótico y fascinante observar la ingente cantidad de excremento que se acumula allí, es hipnótico del mismo modo que observar a la protagonista de la novela de Matías transitando por un bello mar de mierda.
En este sentido —el de las grandes cantidades— es que aporto dos recuerdos más. A los doce años más o menos, tuve un encuentro cercano con una barra de un kilo de mantecol que fabricaba la empresa argentina Georgalos. Comí de un saque un kilo completetito de mantecol. Un encuentro cercano que inmediatamente me dejó expulsando todo tipo fluidos a través de todos los agujeros imaginables. El segundo recuerdo fue al poco tiempo y es que tuve otro encuentro cercano con dos botellas de licor de menta Bols… Mucho encuentro cercano en esa época... con un resultado similar al anterior: diarrea y vómitos oceánicos, parafraseando al padre del psicoanálisis, hoy que en el Día del Psicólogo.
El resultado de aquellas experiencias infantiles en estos años ha sido diverso. Pasado aquel primer impacto continúo comiendo mantecol, me encanta. Pero al licor de menta no puedo ni siquiera imaginarlo: treinta y cinco años después aún me causa nauseas.

HABLEMOS CON EUFEMISMOS

Les cuento estos datos de mi biografía personal para resaltar algunas cuestiones y proponer un pequeño aporte a la literatura:
Primero: el asco y el gusto, el placer y el displacer van de la mano aunque ambos estén torneados por la cultura y la historia de cada sujeto.
Segundo: las personas gozan/disfrutan/se entretienen/garchan con lo que desean/pueden/quieren: es decir las personas disfrutamos —lo digo, siempre: literalmente— de/con/contra cualquier cosa.
Y tercero: mi pequeño aporte literario —al menos por hoy— sería utilizar la palabra “mantecol” como eufemismo de la palabra “mierda” de aquí en más, tipo redacción de contratos, tipo pacto de lectura.
Ejemplos de este tipo de eufemismos hay miles. Los Dumas popularizaron en sus novelas de aventuras el “diantres”, Alfred Jarry con la saga de Ubu Rey propuso el “mierdra”, las traducciones españolas nos acercaron el “caracoles”, “chispas”, “caramba”, “resortes”, “recórcholis”, “repámpanos”, “canastos”, “truenos”, “cáspita”, etcétera, también tenemos el telúrico “caracho” y al Chavo con su famoso: “Chanfle”. Y todo eso para evitar que la palabra “mierda” manche y pervierta nuestros ojos y oídos virginales. Miren cómo funciona mi eufemismo: ¡Estoy hecho mantecol! ¡Puto de mantecol! Vean cómo funciona, incluso dulcificando los insultos, un gran aporte, creo, para la paz mundial: ¡Coman mantecol, miles de Bragagnolos no pueden equivocarse! Por ejemplo.
El argumento de la novela es sencillo, no voy a abundar en ello: Danka es una joven checa que trabaja desde hace unos años como actriz porno extrema. Ha ingresado al mundo de la pornografía para escapar de su destino rural, del maltrato, de los abusos y el aburrimiento. Danka es materia dispuesta a las proezas y las bizarreadas sexuales más extravagantes. Empujada —un poco por la necesidad y otro poco por sus anhelos íntimos— acepta participar de una película porno escatológica donde se reencuentra con su deseo más profundo: manteculear (notemos: ¡qué bien funciona mi eufemismo!).
El mantecolismo es un tópico muy presente en la literatura erótica de los siglos XVII y XVIII, presentado como una especie de refinamiento del gusto, el erotismo y la sexualidad. Del mismo modo que se han alejado los cementerios de las ciudades o se han edulcorado los ritos funerarios, han cambiado las costumbres sanitarias, como si los restos y los desechos nos volvieran más impuros de lo que somos. “No reintegrarás tus productos” se ha vuelto una interdicción, un mandato: mantecol, sangre, sangre menstrual, mocos, orina, cadáveres (no tengo eufemismos para cada cosa), etcétera, funcionan como la prohibición del incesto tanto en las culturas primitivas como en las modernas —vaya uno a saber bien para qué—; cualquier cosa le preguntan a un antropólogo, como no tengo todos los eufemismos tampoco tengo todas las respuestas.
Comer mantecol es tolerado en los animales (cualquiera que tiene o tuvo una mascota en casa lo sabe), es tolerado en los niños (cualquiera que tiene o tuvo un niño en casa lo sabe, desde Freud a Sokolinski hay una gran variedad de comentarios… y de hecho pueden hacer la experiencia del Museo de los niños en el Abasto con los niños-soretitos que se arrojan por un tobogán dentro de un inodoro gigante y así aprenden el recorrido de los desechos, la potabilización del agua, etcétera). Comer mantecol es tolerado en los locos (cualquiera que tiene o tuvo un loco en casa, o está loco lo sabe) y es tolerado en los sujetos llamados “supra humanos”: los santos, los superhéroes y los chinos. De los superhéroes no voy a decir nada, no vienen al caso. Con respecto a los chinos no hay mucho que decir, no sé si escucharon la noticia que este año el gobierno chino impulsó una medida que logró desconectar 17.000 mini camaritas instaladas en letrinas y baños públicos, destinadas a nutrir el mercado mantecolero y voyerista del porno. No mucho más. ¡Chinos!

VOLVIENDO A LOS SANTOS

La erótica se ha servido de ellos en gran medida como un modelo en la mortificación de los sentidos, el triunfo sobre la naturaleza y el propio cuerpo como límites. Prácticas que elevan el alma hacia Dios y nos alejan de la impureza de este mundo. Se hicieron costumbre el ayuno, la abstinencia, las penitencias, las disciplinas de todo tipo cilicios, azotes, varas, cuerdas trenzadas, látigos de cuero y látigos de puntas, bajo la influencia del ascetismo griego, brahmánico y budista.
Luego, los santos como los chinos siempre buscan superarse, siempre quieren más y se copian de todo: “Yo soy más chino que vos” era una burla frecuente en la antigüedad. Y los santos se fueron superando. Veamos.
Santa Margarita María Alacoque: recogía el vómito de las enfermas que cuidaba, lo hacía con la lengua y lo convertía en su alimento. Se dice que en una ocasión comió los mantecoles de una disentérica mientras rezaba a Dios en estas palabras: “Si tuviera mil cuerpos, mil amores, mil vidas, las inmolaría por seros sometida...”
Santa Liduvina de Schiedam: se dedicó a auto infringirse todo tipo de males. Con quince años tuvo un accidente que le dejó paralizada, entonces aprovechó y decidió pudrirse en vida. Postrada sobre una tabla de estiércol, ingería alimentos en descomposición, mantecol y logró padecer úlceras, gangrena, epilepsia, peste y dislocación de sus miembros. Es la Patrona de los Enfermos Crónicos, por más que se sometía a insalubres tormentos, resistía y resistía, con una dura vida jalonada de éxtasis místicos propiciados por la suciedad.
San Juan de Dios: fundador de dos hospitales en Granada. Se revolcaba sin ropitas en los mantecoles de los enfermos.
Y la lista es inmensa. Desde San Anselmo (que es quizá uno de los pioneros en la temática mantequística, documentado y todo, en el siglo XI) hasta Santa Catalina de Siena (bebedora de pus y mantecoles que desata entre sus seguidores y seguidoras una verdadera fiebre en la búsqueda de llagas supurantes y enfermos mantecoleicos). Según Santa Catalina, el mismo señor Jesucristo la felicitó diciendo: “No sólo has despreciado los placeres sensuales, sino que has vencido a la naturaleza al beber y comer con alegría”.
Como todo, a la buena vida —y a los chinos, con la superpoblación— les llega el límite y la sanción moral. Distintos Papas a lo largo de varios siglos condenan estas costumbres. La Orden de los Flagelantes (creada en el seno de la iglesia católica en el año 1200) es declarada secta, se prohíben algunas prácticas, se condenan estilos de vida y se recomienda reserva en otras.
El erotismo (y Bragagnolo) si de algo entiende es de tabúes, interdicciones, prohibiciones, restricciones y cosas raras. Por eso es importante este libro de Matías, no para salir corriendo a revolcarse en mantecol, sino para avanzar sobre la vergüenza, los sentimientos de culpabilidad, los mandatos sociales y psicológicos que nos impiden conquistar el siguiente trozo del territorio de nuestro deseo que el asco asegura manteniéndolo reprimido.
Es el paso del niño al adulto, de lo público a lo privado, de lo interno a lo externo, de lo expulsivo a lo represivo, de la animalidad a la humanidad, de la locura a la cordura, del cielo al infierno. Goethe lo dice mejor que yo: “Lo más alto y lo más bajo se hallan íntima y enérgicamente reunidos en la sexualidad: desde el cielo, a través del mundo, hasta el infierno”, y Bragagnolo agrega: “El infierno es para principiantes”. O como dice Enrique Medina en su novela Strip-tease, reeditada en una traducción visual por la editorial Muerde Muertos (tenía que decirlo por contrato): “¡Gocen, porque las ratas se comen todo, menos el mantecol!”.
En algún sentido, Danka (la protagonista de El destino de las cosas últimas de Matías Bragagnolo), a través de la historia de su odisea sexual, pone el ojo en la mira —el ojete, diríamos con Quevedo—, pone el ojo en la mira, resolviendo el enigma de su deseo hasta encontrarse con aquello que transfigura a la mierda —ya sin eufemismos—, aquello que transfigura a la mierda en el rayo que atraviesa el cristal, sin romperlo, sin mancharlo, e ilumina su camino.

(*) Sábado 13 de octubre de 2018 en La Cigale (25 de mayo 597, CABA), 13 de octubre de 2018. Aquí la fanpage de Indómita Luz.
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About José María Marcos (Editor)

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