Los ojos de la divinidad: puentes entre mundos desgarrados por la diferencia

Los ojos de la divinidad, de Pablo Martínez Burkett (Muerde Muertos, 2013). Por Marcelo Guerrieri.

La idea que atraviesa mi lectura de Los ojos de la divinidad se puede resumir en la imagen del puente, de la construcción de pasajes entre mundos desgarrados por la diferencia o la distancia. Esta clave de lectura parte del autor del epígrafe del primer cuento del volumen: una cita del libro La nueva alianza de Ilya Prigogine, premio Nobel de química, cuya obsesión ha sido buscar conexiones para ligar las ciencias duras con las ciencias sociales; un pasaje de la ciencia como geometría a la ciencia como narración. Esa sería la “nueva alianza” en la que piensa Prigogine: que la ciencia dura, en su búsqueda de regularidades y predicciones, no esté separada del devenir de la experiencia real del hombre, atravesada por lo contingente, cambiante, fluctuante.
En esta línea, el puente que establece Burkett es el de pensar el mundo de las ideas como narración y hacer de este tema el eje de sus cuentos. La elaboración de un pasaje entre lo ideal, lo inmutable, lo que perdura, y lo contingente, azaroso, conflictivo, propio de la vida social y del universo de los personajes. No se puede pensar lo particular sin lo general y viceversa: esta nota resuena, de manera más o menos explícita y con distintos tonos, en cada uno de los catorce cuentos que componen este volumen.
El título del libro es otra clave que sugiere esta lectura. En el cuento homónimo, el personaje dice: “Ella, como era usual, creía que daba. Él, creía que tomaba. Sus cuerpos no se percataron del mutuo embuste hasta muy cerca del final (…). Y de repente se vieron como nos ve la divinidad. Entonces ya no hubo refugio”. Hay cierta extrañeza de lo cotidiano en estos cuentos, un alejarse hacia esos ojos que ven a través de lo divino.
Este alejarse, en el que los personajes entran por momentos en debates de ideas que costaría ubicar en su cotidianeidad, se sostiene en el plano de la verosimilitud por el registro literario que predomina en el libro. Un registro alejado de lo coloquial, que incluso cuenta lo cotidiano con términos y construcciones literarias cercanas al arcaísmo. Este registro, que en otro contexto podría sonar disonante, va componiendo una atmósfera de alejamiento de lo cotidiano que habilita y vuelve verosímil que, por ejemplo, en el cuento El Paraíso, los parroquianos de una pequeña librería de pueblo se junten a debatir sobre filosofía y poesía, todo en un marco de lazos atravesados por la camaradería: “Día tras día, las pequeñas batallas intelectuales eran cada vez más placenteras. Las angustias existenciales con las que a veces marchábamos a casa se veían dulcificadas al evocar la carcajada ruidosa (…). El entrechocar de las copas y el buen vino hacían el resto”. De nuevo los puentes: el vino y la risa mezclando lo intelectual y lo emotivo.
Este gesto fraternal atraviesa el libro y pone a los personajes ante tareas que por momentos los exceden pero que llevan adelante con la nobleza de quien batalla por causas perdidas. Transformados en héroes, con las mejores de las intenciones, se esfuerzan por construir puentes que los acerquen. Así, haciendo lo que pueden con unas prácticas de las que poco saben, los amigos del librero de El Paraíso se esfuerzan por darle sepultura, elaborando un sincretismo que tiende lazos entre lo católico y lo judío: “Fuimos a buscarlo hasta La Ideal, y el Dr. Parissi nos ayudó a cumplir con el lavado y purificación del cuerpo en una suerte de tahará a la criolla. Le pusimos como tajrijim, una mortaja blanca que nos proveyó la Cochería Riestra y como no pudimos encontrar entre sus pertenencias el manto de oraciones que se llama talit, el padre Dionisio le colocó con gran unción la estola con la que rezó su primera misa”.
En Sin amparo, la distancia que se esfuerzan por acercar los personajes es la de la diferencia de edad y los mandatos sociales. Un “señor mayor” como se declara el personaje, se siente atraído por la hija de un amigo: “Era ahijada de mi mujer  y en su honor se llama Amparo. La última vez que la había visto era una niñita con frenos y un flequillo irreverente que se quedó dormida en mi regazo mientras le leía El Rey León”.
En Cuento infantil para tiempos modernos y De las deserciones y otros hábitos igualmente humanos, el esfuerzo de los personajes es el de construir un puente entre la figura del padre y el hijo ausentes. Charly, abogado solterón y sin hijos, cuida al pequeño Baltazar —quien nunca conoció a su padre—, hijo de su amiga Trini; entre el chico y el adulto se va tejiendo un vínculo que repara el desgarro de lo ausente y los acerca.
Pero el cuento que lleva a su máxima expresión esto de pensar el mundo de las ideas como narración y de acercar elementos o personajes lejanos, es el que cierra el volumen: Mawatin. El cuento reproduce una carta, escrita por un fraile —Fray Toribio de La Rada—, en la que narra los hechos de los que participó durante la conquista de la ciudad de San Juan, que estaba en manos de los sarracenos, en el siglo XIII. Y el puente imposible que logra tender el cuento es entre oriente y occidente; entre católicos y musulmanes; entre la guerra y el romance; entre vencedores y vencidos. Vale entonces cerrar con un párrafo de este cuento que me parece síntesis del espíritu del libro. Luego del asedio, ya dentro de la ciudad amurallada, los capitanes de ambos bandos se reúnen: “Otros muchos manjares hubo que mi porosa memoria omite. Y claro está, ánforas de rojo néctar que no paraban de llenar las copas. Se discutió de gramática, lógica, retórica, derecho, geometría, aritmética y astrología; pero prudentemente se evitó toda referencia a la campaña que nos congregaba. Aunque con distintas armas, al principio se diría que el parlamento era la prolongación del combate, pero poco a poco el mutuo florearse fue dejando paso a un diálogo profundo y sincero. La risa coronaba cada sucesión de platos”.
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