De talleres periodísticos y la agenda adolescente

Por José María Marcos, especial Día del Periodista.

Con frecuencia suelen llevarse a cabo en escuelas primarias y secundarias talleres periodísticos para estimular la creación y la comunicación de los alumnos. Se trata, a veces, de proyectos grandilocuentes que apuntan a crear “el diario de la institución con continuidad”, la página web o un modesto —y recomendable— periódico mural, donde los alumnos puedan dejar plasmadas sus inquietudes.
Siempre que puedo, colaboro con los docentes que tienen este tipo de iniciativas y he notado que un error reiterado nace de la pretensión de crear un medio de comunicación sin priorizar la agenda adolescente —la propia, no la que los adultos creen que debe ser—, obligándolos tácita o implícitamente a que hablen de temas que les resultan ajenos.
Hace algunos años fui convocado para orientar a un grupo de alumnos de una escuela secundaria pública que, después de un año de idas y venidas, no habían podido avanzar, según me informó la docente. Paradójicamente, la escuela había obtenido un subsidio para financiar la publicación de al menos tres ediciones, pero no lograba que sus alumnos escribieran. Cuando la docente solicitó mi ayuda, me resultó extraño el episodio. Me dijo que los alumnos escribían poco y que no lograba motivarlos. Le dije que organizara una reunión con los muchachos y muchachas —un grupo de casi veinte— y me llevé una sorpresa. Después de las presentaciones de rigor, les pedí a los chicos que me contaran sobre qué temas estaban trabajando para el periódico. Si la memoria no me falla, algunos de los temas eran la inseguridad, la ecología, las organizaciones sociales y la situación de los docentes. Noté que no había mucho ánimo en los relatos de los alumnos y en el recuento descubrí que, efectivamente después de un año de trabajo, aún faltaba más de la mitad del material para editar el primer número del boletín escolar. La docente estaba preocupada, además, porque debía hacer tres publicaciones antes de fin de año para rendir las cuentas de cómo había gastado el dinero y ya estábamos en junio.
Después de ojear los trabajos de los alumnos, decidí preguntarle uno a uno qué hacían habitualmente después de la escuela. La primera respuesta que se impuso fue un “nada” abrumador, una expresión que, a mi juicio, quería decir nada que pudiera ser interesante en relación a lo que nos convocaba: “Crear un medio de comunicación”. Frustrado, cambié el ángulo de la consulta y les pregunté qué música les gustaba, si veían televisión o jugaban al fútbol. Después de que se miraran extrañados, comenzaron a hablar. Poco a poco fui enterándome de que entre los presentes había un fan de Los Expedientes X que se vinculaba con jóvenes de Argentina y de otros países por internet. Le pedí que me contara cómo funcionaba ese club y, ante su entusiasmo, le solicité que escribiera una nota. Luego fui enterándome de que entre grupo que no hacía “nada” teníamos un cantante de un grupo tropical que componía sus propias canciones, alumnas que escribían poesía y admiraban a Whitman y Neruda, fanáticas de Luis Miguel, jugadores de básquet, especialistas en videojuegos, chicos que hacían teatro y soñaban con llegar a la televisión, seguidores apasionados del grupo Patricio Rey y Los Redondos de Ricota que discutían sobre los mensajes de las canciones ricoteras y, también, alumnos aquejados por el tema de las adicciones, la desocupación de sus padres y la inseguridad. Terminada la charla —por cierto, muy instructiva para mí, desconocedor de muchos de los gustos de los adolescentes—, armamos una agenda de temas y les pedí que me trajeran las notas para la semana próxima. A quienes tenían un hobby les recomendé que escribieran sobre él y a quienes querían expresar su bronca ante la sociedad, que la manifestaran a través de una nota. Grande fue la sorpresa para la docente cuando nos encontramos la semana siguiente con que teníamos notas para completar la primera edición y otras para la segunda.
Éste no es el único caso que me tocó presenciar, pero es el que más recuerdo porque, realmente, se lograron cosas muy interesantes con estos alumnos. Ahora, cada vez que me consultan sobre la puesta en marcha de un taller periodístico, les relato esta anécdota cuando oigo ese latiguillo carente de profundidad de que a los adolescentes y jóvenes no les interesa “nada”. Lo hago porque estoy convencido de que los adolescentes —justamente por estar en medio de una etapa de desorientación, de duelo, de cambio— son confusamente conscientes de un mundo que los amenaza, aunque no lo expresen directamente y lo hagan a través de las canciones de rock, cumbia o folklore, la discusión sobre los programas de televisión o la charla sobre poesía o videojuegos, donde si uno presta atención descubre sus miedos, sus angustias y su mirada atenta sobre el mundo que los rodea.
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