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La Palabra de Ezeiza | Jueves 3 de noviembre de 2022

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En busca de historias perdidas

Por Torosaurio | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


La semana pasada en esta sección salió un relato de Karen Valdez sobre una fantasma en el Puente La Trocha. Lo leí y me julepeó lindo. No quise quedarme afuera de la movida halloweenera, así que el lunes fui hasta El Tala para charlar con el Tata Algarrabay (conocido de 128 años y con una memoria envidiable). Le pregunté dónde conseguir notas terroríficas.
—Sucesos espantosos hay siempre —dijo el Tata entre chupada y chupada de mate—, pero no sirven para Halloween. Sí recuerdo un lobizón de Villa Guillermina que les comía las gallinas a los vecinos.
—¡Ya salgo para Guillermina! —me entusiasmé.
—Afloje, Torosaurio. En la pandemia una vecina lo baleó y lo hizo guiso. Otra opción es la mansión embrujada en El Trébol. Ahí habitaba una familia de espíritus oligarcas que robaron tierras durante las campañas de Roca en la Patagonia.
—¡Buenísimo! Voy para allá, hago una invocación y los entrevisto.
—Tarde, Torosaurio, tarde. A los fantasmas los empezaron a joder los youtubers exploradores urbanos y se mudaron a Uruguay. También estaba la momia egipcia que llegó por el mercado negro a lo de un coleccionista privado en Canning. La momia despertó y se apropió de la casa del coleccionista.
—¿Y ahí qué pasó?
—Un supuesto productor de Hollywood convenció a la momia de que tenía que poner la casa de garantía para financiar una película de terror. La momia sería protagonista y productora. El chantapufi se quedó con la propiedad y la momia se suicidó colgándose de un árbol con uno de sus vendajes. En Ezeiza no quedan notas para Halloween, Torosaurio.
Me despedí. De camino a la oficina, observé al piberío pidiendo caramelos en los negocios de la calle French. Recordé los seres que había mencionado el Tata Algarrabay y noté que cada uno de los nenes iba disfrazado de un monstruo distinto. Más que Halloween, parecía un simulacro para la vida adulta. Apuré y llegué a la oficina. Me atrincheré y preparé un feca queriendo ignorar que la calle estaba tomada por seres abominables.

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