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La Palabra de Ezeiza | Septiembre de 2022

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El Barrio de los Ventrílocuos

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


En la búsqueda de changas para ganarme unos manguitos, me topé en una parada de colectivos con este cartel: “Convocamos a hombres y mujeres para diversas tareas. Pagamos mejor que nadie”. 
No había teléfono, whatsapp ni email. Solo figuraba una calle y un número de Villa Golf. Puse los datos en el Google Maps para orientarme. Como no encontré nada, decidí ir y preguntar en el puesto de diarios de la entrada.
—Acá le decimos el Barrio de los Ventrílocuos. Es un complejo de viviendas, un par de manzanas dentro de Villa Golf, las calles están recién abiertas, hay una placita. Dicen que lo fundaron ex miembros del Círculo de Ventrílocuos Argentinos, unos grandulones que hacen espectáculos simulando conversar con muñecos —me explicó el kiosquero y me dio un par de indicaciones.
Lo primero que divisé fue la Plaza Ricardo Gamerro, un espacio con juegos, bancos, parque, arenero. Una chiquita muy abrigada, de gorro y bufanda, se mecía en una hamaca, empujada por una señora. Un joven paseaba a un nene en un cochecito. En el centro se destacaba un monumento a Chasman y Chirolita, el popular dúo de hombre y monigote que triunfó en la tevé argentina durante la segunda mitad del siglo pasado. 
Toqué timbre en la dirección, pasaron unos minutos y, cuando estaba por marcharme, salió un tipo flaco, desgarbado, canoso.
—Pagan bien, como dicen los carteles —señaló, con voz marcial, sin siquiera decir buenas tardes.
—¿Qué hay que hacer? ¿Son muchas horas? —quise saber.
—Ofrecen casa, comida, una vida nueva. Y lo más importante: se terminan todos los problemas. Alcanza con hacer lo que ellos no pueden. 
Sentí un escalofrío, como si unos dedos helados estuvieran escarbando en mi cerebro. Miré hacia el frente y vi una mirada brillosa espiándome desde una mirilla.
—Nos necesitan —agregó el canoso.
Di media vuelta y desandé mis pasos. Me crucé con la señora de la plaza. En sus brazos, la nena de la hamaca me pareció una criatura de cartapesta y resina.
Hui con la idea de no volver nunca más a ese lugar. Ya lo dice mi vieja: a veces una buena paga se consigue pagando un precio demasiado alto. Mejor seguir repartiendo volantes en la estación, o cortando el pasto, por unos pocos pesos devaluados. 
Anoche, como si los ojos de vidrio me siguieran viendo y leyeran mi mente, recibí un mensaje por el inbox de Instagram: perderse la oportunidad de ser muñeco de los muñecos también tiene su precio.

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