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La Palabra de Ezeiza | Septiembre de 2022

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Conciencia letárgica del tiempo

Por Facundo Torres | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Prendí el cigarrillo con la esperanza de que una gota perdida no me lo apague, mientras esperaba el colectivo. A unas cuadras, apareciendo de la nada, lo vi acercarse. Aguardé hasta que frenó frente a mí y tiré el pucho. 
—Hasta Lacarra —le indiqué al chofer. 
Sin mirarme, marcó veintidós pesos, que pagué apoyando la Sube con desgano. Con el saldo en negativo, caminé hasta el fondo. Ese día viajó mi cuerpo, no mi mente. Aletargado en el último asiento individual, me sumergí en mis pensamientos, en mi conciencia. Sentí que el tiempo no se movía dentro de ese bondi de la línea 394. Estaba harto de entrar al trabajo a las ocho y media de la mañana, para salir a las dos de la tarde y volver a entrar a las cuatro y media, igual de cansado que al ingresar por primera vez, pero ahora saliendo a las nueve de la noche, cuando el sol ya no está y el frío se siente aún más, cobrando un sueldo miserable, que cada vez vale menos y que mi jefe no aumenta. Y el tiempo... y el tiempo que no para y a la vez escasea cuando se necesita plata para vivir, para comer. 
Bajé del tiempo en pausa que se genera en un colectivo en marcha, en un viaje que no dura más de una hora, hasta que se abren las puertas y se pone un pie en la calle, en la vida; ahí volví a sentir el alma. Seguía lloviznando. Descendí del calor que se desprende del tumulto de gentes abultadas sobre aquel rectángulo de metal y chapa, sin calefacción, que lleva personas cansadas y llanas, sujetas a caños amarillos para que el zozobrar de las calles bacheadas no los saque de ese trance de tiempo y mente. Tuve frío al caminar hasta casa. 
Al llegar, el reloj recién marcaba las nueve. Mi vieja me sorprendió con un “llegaste más temprano, ¿saliste antes?”. Revisé otros relojes, todos los de la casa: coincidían en la misma hora. Mi vieja me miró dubitativa. 
 Al otro día, prendí un cigarrillo con la esperanza de que una gota perdida no me lo apague, mientras esperaba el colectivo, sin saber que el pucho estaba destinado a caer junto a otro casi entero que, casualmente, todavía no se había consumido desde que yo lo había tirado ayer. Quizás nunca lo hizo. Quizás nunca lo haga. 

(*)Integra el Taller de Escritura y Literatura de la Municipalidad de Ezeiza y el programa radial La Última Sopa de Letras.

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