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La Palabra de Ezeiza | Noviembre de 2022

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En un bar de Monte Grande

Por M.J. Raven(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Anoche fui a un bar. Acompañado de amigos, para tener una noche distinta. Alcohol, blues sonando de fondo y, tal vez, algo de sueño, paisaje propio de las noches cotidianas de Monte Grande. Justo cuando estaba a punto de rendirme, la vi. Un ángel rubio, de vestido negro con la espalda descubierta, tacos altos, y pupilas tan verdes que mareaban. Probablemente tenía todo lo necesario para desarmarme con un solo suspiro. Con mi mirada, me detenía en cada una de sus curvas precavidamente. Entonces cruzamos la vista. Ella sonrió y se acomodó el pelo detrás de las orejas. Regulé mis gafas y miré hacia abajo con timidez. “Imposible, ni en un millón de años, despertate”, me dije, recordando situaciones extrañamente parecidas. 
Hizo un gesto frío con su rostro hacia la banqueta que tenía a su lado. Luego de titubear unos segundos, accedí. Debatimos sobre la estética del bar y la comida. Todo esto mientras ella se sacaba un poco de labial marcando su boca contra una servilleta de papel, que luego guardó discretamente. Me habló de sus sueños y sus diferencias con el resto del mundo. Iba todo demasiado bien hasta que preguntó mi profesión y cuáles eran mis proyectos. La noche estaba a punto de arruinarse. ¿Qué iba a decirle? ¿Que estudio metafísica y gnoseología?¿Y que el resto del tiempo me la paso desahogándome entre palabras y cuadernos llenos de mis pensamientos? Simplemente patético.
Quise mentir. No pude hacerlo.
—Bueno, me gustaría ser docente, pero...
—¿Pero? —me interrumpió irrisoriamente—. Los peros no van conmigo, querido. De todos los que están acá, sos el único que tiene cara de no poner excusas. Y lo comprobé cuando te acercaste a mí —dijo terminando un cigarrillo.
Nadie jamás en la vida me había cacheteado sin haberme tocado un mísero pelo. 
Tenía razón, le pongo excusa indiscriminadamente a cualquier hito de mi vida. Estaba por volverme a ella, cuando Lucas me tocó el hombro, era hora de irse.
—Siempre lo mismo, Fernando. Sé que estás mal... ahora... pasarte casi dos horas hablando solo ya es demasiado...
Un momento. ¿Qué? Efectivamente estaba en una mesa solo. No había cenicero, no había tragos ni rastros de compañía alguna. Un frío recorrió mi espalda. Nos fuimos, no quería ni mirar atrás. 
De vuelta en casa, la vergüenza no me dejaba dormir, hasta que sucumbí ante los brazos de la noche. A la mañana siguiente, acomodaba mis pantalones y un papel cayó del bolsillo. Estaba doblado, no era mío. Quedé impactado al mirarlo con mayor atención: era una servilleta con la marca de unos labios rojos carmesí.

(*)Estudiante del Taller de Escritura y Literatura de la Municipalidad de Ezeiza.

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