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La Palabra de Ezeiza | Septiembre de 2022

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La vida de las almohadas

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Suelo dormir con cuatro o cinco almohadas. Es una exageración, lo sé. Cuando me canso de una posición, puedo seguir con una sola. A las restantes las dejo a un costado, en el piso.
Hace un par de semanas soñé que las almohadas se hartaban del contacto con la losa fría y se transformaban en intrusos que invadían el hogar. Tras caer desplomadas, se ponían de pie, crecían y salían de la habitación. En el living dos se arrojaban al sofá y se peleaban por ver Granizo, El poder del perro o Misa de medianoche por Netflix. Una se sumergía en la bañadera con aceites esenciales, adquiridos de oferta por mi abuela Achebe en un negocio de Paso de la Patria. Otra se comía el queso y el jamón comprados por mi viejo en La Estación. Las que miraban tele iban a mi biblioteca y seleccionaban algunos de los títulos, con la intención de llevárselos. Los olvidados de Mercedes Giuffré y El asedio del felino de Pablo Gaiano eran los elegidos por la funda celeste. La rayada se quedaba con Cinco hombres en Marte de Fernando Hugo Casullo y El gran despertar de Julia Armfield. 
Es rídiculo que mis almohadas cobraran vida, pero en los sueños uno cree cualquier cosa. Lo absurdo de verdad sucedió al despertar, cuando, transpirado, seguía convencido de que las desvergonzadas andaban dando vueltas, poniendo la casa patas arriba. De un salto salí de la cama, preocupado, con la intención de enfrentarme y detener a las invasoras.
Recién en el comedor me di cuenta del desatino al prender la lamparita. Todo se hallaba en su lugar y nadie más que yo estaba levantado a eso de las cuatro de la mañana.
Abrí la heladera. Me corté unas rodajitas de queso y jamón, las metí con tomate y mayonesa en el centro de un pancito casero, y disfruté del sanguchito con un licuado de mandarina. Volví a la cama más sereno.
Ya no tiro a mis almohadas al suelo. Las apilo con cuidado sobre una silla que coloqué estratégicamente cerca de la cama. No les tengo miedo, pero dejé de tratarlas de forma desaprensiva. La pesadilla me recordó algo muy obvio: paso mucho tiempo con las almohadas en la cabeza como para no pensar en ellas.

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