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La Palabra de Ezeiza | Septiembre de 2022

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La peluquería de Atilio Oldito

Por Torosaurio | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Atilio Oldito, peluquero del barrio Sol de Oro, tuvo una crisis existencial en 2016, a poco de cumplir 86 años.
Durante décadas, Oldito había mantenido esta rutina: llegaba a la peluquería a las 10, barría, ponía una radio tanguera, atendía a los camaradas de su misma edad y con la mirada les lanzaba misiles balísticos a los coches que pasaban con música a todo volumen.
Tras una mala racha financiera y la despedida de un amigo en el cementerio municipal, notó que disminuía la clientela y aumentaban los velorios. Atilio se asesoró con su nieto, Ramoncito, que fue al hueso: había que transformar la peluquería en una barbería moderna. 
—Por tu edad, abuelo, no sé si vas a llegar a aprender las técnicas barberas —le indicó Ramoncito—, así que sugiero una hipnosis.
Concurrieron a Zulema Gianegra, maestra de plástica amateur y tarotista diplomada. Tras embolsarse unos dólares, Zulema le pegó la lavada de cerebro a Atilio, quien pareció rejuvenecer 66 años y ahora se sabía de taquito todos los cortes actuales. 
El local reabrió luego de una campaña publicitaria que incluyó renovación de chapa y pintura y la contratación de una página en La Palabra (garantizando una excelente difusión). Una multitud de pibes se congregó en la barbería de don Atilio, que puso reguetón en unos parlantes revientatímpanos y laburó como loco.
La festichola se extendió durante la madrugada hasta que aparecieron unos muchachos de 80 y pico. Se quejaron del ruido blandiendo bastones. El tuneado Atilio pareció envejecer 66 años cuando, entre lágrimas, reconoció a sus colegas. Supo que no podía traicionarlos. 
Atilio y los muchachos echaron a bastonazos a los pibes (incluido Ramoncito), restableciendo la paz y la peluquería de siempre. 
Hoy, a sus juveniles 92 años, Oldito y sus amigos siguen con sus tangos. De vez en cuando asisten en patota a un funeral y cantan a coro “Ventarrón” como despedida.
—Ni yo ni los muchachos podemos ganarle a la parca —nos dijo Oldito levantando el puño—, pero cuando aparezca le vamos a dar pa’ que tenga, como a esos irrespetuosos traperos de barba, que no conocen a San Pugliese ni al Polaco Goyeneche.

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