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La Palabra de Ezeiza | Octubre de 2021

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El WhatsApp no molesta

Por Ernestina Blanco | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Atardece sobre la 205 y en la cafetería de la estación de servicio, el aire de primavera se convierte en polvo de sol. En el local vidriado, un vecino y una vecina conversan animadamente sobre el grupo de lectura que comparten —menos sobre los libros que sobre los participantes—, aunque el teléfono de él reciba mensajes incesantemente.
—¿Vos decís que es lesbiana? —pregunta ella.
—No, no dije eso; digo que debería animarse a...
—Ok, ok; entiendo, pero... Decime, ¿no podrías dejar de joder un poquito con el WhatsApp?
—¿Desde cuándo te molesta?
—¡Lo que me molesta es la gente que no larga el celu ni para ir al baño!
Sin dejar de escribir, él pregunta risueñamente a quién se refiere y opina que “es como decir que no te molesta el sexo sino las personas que lo practican”. Ríen y después callan brevemente. El café ya se ha acabado en los pocillos; pensativa, ella contempla el crepúsculo; apenas un instante, él la contempla a ella. Enseguida, retoma el teléfono y la charla, y vuelve a dirigirle ojeadas cada tanto, como para asegurarse (o asegurarle) atención.
—¿Querés que te diga una cosa, Grace? Desde que me divorcié de mi mujer para casarme con Fernando, he descubierto un montón de gente a la que le vendría muy bien imitarme.
—¡Yo también conozco unos cuantos, te aviso!
—¿Y unas cuantas, no?
—No sé. No creo... ¿No podrías cortarla con los mensajitos? ¡Me ponés nerviosa!
Él termina de escribir y coloca el celular sobre la mesa. Le pide disculpas; asegura que no querría ponerla nerviosa por nada del mundo. Ella se lo agradece en tono igualmente irónico. Luego, al ver una pareja joven que entra desde la playa de surtidores, comenta que ese café es “el único aceptable, a pesar del ruido” en la zona de El Trébol. Él acuerda distraídamente, y al cabo de un momento, prosigue:
—¿Son vecinos? Me refiero a los que deberían salir del placard...
—Y... alguno sí.
Entre risas, ella da un nombre y duda sobre otros. Él reitera su pregunta, ahora con relación a las vecinas, mientras tiende la mano hacia el teléfono donde no dejan de sonar las notificaciones. Ella pierde la paciencia y se queja porque “no me das bola; sabés que me jode pero igual lo seguís haciendo”. Se encienden las luces y el cambio de colores en la escena acompaña la llegada de otro silencio, más prolongado. Ella se recuesta en el asiento, él termina de responder mensajes y aparta nuevamente el celular. Entonces, ella exclama que se ha hecho tarde, aunque no explica para qué. Él se pone de pie y recoge su campera, ella dice en tono conciliador:
—Nacho, lo que me molesta es que parece que no me escucharas —se incorpora y cuelga del hombro su pequeña carera—, y además, no recuerdo ninguna vecina con pinta de… Mejor dicho, que quiera identificarse como LGBT y demás letras… ¡Y tampoco me gusta chusmear!
Ni bien enfatiza estas últimas palabras, ambos se echan a reír ruidosamente. Bajan los escalones hacia Lavalle. Él abre el auto, acomoda la campera en el asiento trasero y sube. Ella dice que prefiere caminar para disfrutar del anochecer perfumado. Se despiden. Él da marcha atrás y enfila hacia Los Eucaliptos, espera que ella cruce y baja la ventanilla para decirle con voz cálida al pasar a su lado:
—Yo creo que sí conozco una, Grace.

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