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La Palabra de Ezeiza | Octubre de 2021

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Confrontación internacional

Por Marco Millán | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


El Alemán (como todos empezaron a llamarlo) llegó al barrio cuando yo era un viejo vecino. Mi familia compró una casa allí cuando apenas tenía tres o cuatro años, y con veinte, las calles me eran familiares. 
Desde el principio no hubo buena relación entre nosotros. No negaré que lo miré con desconfianza, como siempre miro a los de su clase. No es que tenga algo contra ellos, simplemente me nace un sentimiento de cuidado. Algunos dicen que se trata de miedo. 
No pasó mucho tiempo hasta que tuvimos el primer cruce, nuestra primera discusión. No recuerdo cómo empezó, o si fue de día o de noche, pero lo que es seguro es que, luego, discutir se volvió una constante. Los pleitos se extendieron y se hicieron a diario: cada mañana cuando me iba a trabajar y cada noche cuando volvía de la Facultad. 
Muchos días el conflicto se extendía por una cuadra entera mientras me seguía en busca de roña. Y no faltaba la ocasión en que se me quedaba mirando cuando yo esperaba el colectivo, buscando una reacción mía para seguir la pelea. Puedo afirmar —con toda certeza— que nunca hice nada para incomodarlo o alentar la confrontación. 
No sé, tal vez, es su esencia. Pero, como dice el dicho, este tipo de personajes te huelen el susto y van por vos. 
Creo que pasaron varios meses, o tal vez más de un año, hasta que un día me decidí. No sé qué cambió esa mañana, pero, cuando sentí que venía detrás mío, cerré los ojos y respiré profundo. Al oír su primera queja, me di vuelta y le dije: 
—¡¿A vos qué te pasa?! ¿Qué te hice para que me pelees así? Si yo nunca te hice nada, ¡¿me querés decir cuál es el problema?! 
Y como por arte de magia, cambió su postura. Se quedó callado, me miró fijo y movió su cola de una forma amistosa. Se acercó y me pidió mimos. 
Nunca vamos a saber de dónde vino el Alemán, pero ese perro no sólo llegó a nuestra cuadra, sino que vino a apropiarse de ella y de nuestros corazones. 
Hoy, ya no vivo en el mismo barrio, pero, cada vez que voy de visita, el Alemán, mi gran amigo, es el primero que me saluda y festeja mi visita.

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