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La Palabra de Ezeiza | Septiembre de 2021

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Un hombre de profundas raíces

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses

En el Barrio Monte Rosa vivió el tradicionalista Jacinto Ferrara, conocido en la región por ser un amante de la naturaleza y por sus charlas sobre costumbres gauchas. Autor del poemario El alma de los cardos, estaba casado con Ema Fioruchi, con quien tuvieron cinco retoños.
En la década del 80 —a medida que se hacía célebre—, Jacinto padeció una rara enfermedad: en las manos y en las piernas le salían tejidos parecidos a las cortezas de los árboles. 
Consultó al Dr. Manuel Rebagliati, quien le explicó que se trataría de una alteración genética (“epidermodisplasia verruciforme”), de la cual, en el mundo entero, había apenas unos doscientos casos documentados.
—Jamás traté un paciente con esta afección —le dijo el Dr. Rebagliati—. Leí que los médicos Félix Lewandowsky y Wilhelm Lutz fueron los primeros en hablar de esta dolencia, allá por el año 1922. Se la conoce como la Enfermedad del Hombre Árbol.
El doctor le dio unas cremas para evitar la picazón y le recomendó una batería de estudios. Acompañado por Ema, Jacinto escuchó sin hacer preguntas ni comentarios, y de regreso a su hogar, decidió abandonar tanto su trabajo de peón rural como las conferencias. 
De ser un hombre locuaz, se volvió huraño y sólo deseaba quedarse sentado en el fondo de la casa, en el patiecito, mirando cómo el viento movía las ramas y las hojas. Ema estaba muy preocupada por la actitud de su marido y trataba de convencerlo de que no bajara los brazos. 
Una estrellada noche de verano, Jacinto le confesó a su esposa que quería quedarse afuera. Tras un cruce de palabras que no duró demasiado, Ema aceptó, resignada, y se fue a descansar. Al día siguiente se pondría firme y le daría un ultimátum.
Misteriosamente, el tradicionalista desapareció esa madrugada, y durante años fue buscado en vano por la Policía. Los pocos testimonios recolectados afirman que lo vieron entrar, a eso de las tres de la mañana, a un monte de eucaliptos, frente a la ruta 205. Los lenguaraces de siempre opinan que, mimetizado con el follaje, se habría perdido. Agregan que es lógica su mudanza a un bosque, al ser un notable vocero del terruño y nuestras raíces. 
Doña Ema es la única que sigue buscando a su marido. Ya viejita se la puede ver por Spegazzini hablando con algún eucalipto para tratar de convencerlo de que vaya a ver al Dr. Rebagliati. Le dice que con un buen tratamiento recuperará el aspecto del inolvidable Jacinto Ferrara.

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