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La Palabra de Ezeiza | Septiembre de 2021

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Una mañana de frío

Por Ernestina Blanco | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Como el camión recolector pasa regularmente antes de las nueve, Laura se apresura a colocar la bolsa con los residuos del fin de semana en el cesto de metal desplegado ubicado junto al portón. Termo bajo el brazo y mate en mano para combatir el frío matinal, Graciela, vecina de enfrente, ya ha sacado sus perras a la calle “para que socialicen”. Lo aprendió del Encantador de Perros en internet, recuerda Laura mientras cruza para conversar un rato. Las perras corren a saludarla festivamente, sordas a la polifonía de sus congéneres que, seguros detrás de cercos o de rejas, ladran a la libertad ajena.
La semana pasada murió en el Hospital el marido de la sobrina de Graciela. No ha hablado con ella desde que la llamara por teléfono para avisarle, así que esta mañana repite palabras gastadas que aluden a la pérdida. Lo hace con sincero afecto por su amiga, que las agradece, quizá del mismo modo. Luego callan brevemente. Graciela es quien inicia enseguida otra conversación. 
—¿Viste el pozo que hicieron frente a lo de Belén con la máquina que recoge las ramas? 
Señala una casa nueva en la esquina más próxima, desde la que llegan voces y risas infantiles. 
—Sí, un desastre; pero por lo menos se llevaron todo. Tenemos algunos vecinos tan bien educados, tan solidarios, que en cuanto ven una pila de ramas, empiezan a amontonar cualquier basura.
Graciela coincide enfáticamente y ambas critican un poco más a los vecinos (se refieren a los habitantes de una casa cercana que no tiene cesto domiciliario) antes que Laura informe una novedad:
—¿Sabías que se vendió la casa de la otra cuadra? La que estaba en venta desde hace más de un año. Esa en la que siempre había muchos autos.
—¡Menos mal! Ahí pasaban cosas raras. Por suerte, con la pandemia, el barrio se está poblando de familias: eso es bueno.
Ahora es el turno de Laura para estar de acuerdo. Debe ser por eso que, según parece, los negocios en Canning han sufrido menos que en la Capital: alguna gente de allá ahora viva y compre por acá. Mientras asiente con un gesto, Graciela llama a las perras porque intimidan a una mujer con tres chicos que rebusca en bolsas de basura a unos cuantos metros de ellas. Este es un efecto de la pandemia que ninguna de las dos menciona. Las perras regresan con distraída lentitud. Se renueva el diálogo entre la ruidosa verborragia de los ladridos y el silencio elocuente de la indiferencia. 
—¿Te acordás de aquellos hermanos (un muchacho y una chica) que se quedaron huérfanos y vivieron como pareja durante, no sé, como diez años? Se fueron del barrio hace mucho (se decía que ella estaba embarazada y que por eso se mudaron). Bueno, la casa de ellos también se vendió. 
Laura no reacciona a esta noticia. Aunque sus pensamientos sigan otros rumbos, su mirada acompaña a la mujer que se aleja cargada de pobreza y desamparo. Los chicos la preceden; corren y gritan, buscan algo que no encuentran. Detrás de cercos y de rejas, los ladridos se han vuelto esporádicos y, acaso, compasivos. Laura piensa en su hermano, siempre enfermo, al que atiende con devoción. Su exmarido se lo reprochaba: “¿No ves que se aprovecha de vos, Lau?”. Graciela tampoco la apoya: no se priva de opinar que está “enfermo de la cabeza”. A pesar de las confidencias compartidas a lo largo de casi veinte años, a veces siente que son dos extrañas. ¿La franqueza puede ser una trampa? Aunque no sea muy dada a reflexiones profundas, se pregunta si las palabras revelan secretos o develan incógnitas para velar, con un manto de falaz intimidad, la distancia infranqueable que las separa.
Graciela llama nuevamente a las perras, que esta vez entran presurosas. Tras unos instantes de aparente indecisión, la invita a tomar “unos mates calentitos”. Laura acepta de inmediato y entonces también ellas se apuran a entrar, sin dejar ya de charlar con entusiasmo. Está muy fría la mañana.

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