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La Palabra de Ezeiza | Octubre de 2021

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Puerta a la irrealidad

Por Hugo Alberto Panza (*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch


Ocurrió hace mucho. Yo era un niño de doce años y acompañaba a mis tíos. Ellos trabajaban en la construcción y debían realizar una excavación. Mientras tomaban las palas y daban inicio a la tarea, yo descargaba las restantes herramientas de la camioneta. Estábamos en Canning, no muy lejos de la estación, y recuerdo haber visto pasar el trencito que, por aquella época, todavía circulaba.
En medio de la faena se toparon con algo metálico que les dificultaba la labor. Con esfuerzo, lograron sacar aquel objeto y resultó ser un cofre que parecía haber estado enterrado durante muchísimo tiempo. Luego de observarlo con atención, lo limpiaron con un trapo que tenían a mano.
Yo estaba tan intrigado como ellos. Un fuerte candado impedía su apertura y, aunque no lo crean, el cofre tenía una inscripción en relieve que decía: Aquel que lo abra, jamás volverá a la realidad.
Mis tíos discutían acaloradamente si respetar o no aquella advertencia.

Uno de ellos argumentaba que debía contener algo valioso para que alguien se tomara el trabajo de esculpir esa leyenda. La amenaza tendría el único propósito de ahuyentar a posibles ladrones. 
El otro tío, más temeroso, decía que no tenían que tentar al destino y debían abandonar todo.
La curiosidad y codicia triunfaron frente al temor, y acordaron intentar la apertura del cofre.
Con una masa y un cortafierro, se dirigieron hasta las vías de la trochita. Detrás de ellos se veía el tanque de agua de la estación y se escuchaba el paso de los vehículos por el puente de la trocha de la 205. Yo, temeroso, seguía la escena desde lejos.
Apoyaron el candado en el riel del ferrocarril y lo golpearon hasta que pudieron vencerlo.
Observé cómo se ponían de pie en medio de la vía y, uno de ellos, abría lento la tapa, no sin dificultad, debido a la herrumbre en las bisagras.
La inscripción en el cofre tenía su razón de ser. Apenas abierto, los dos cayeron en un sueño profundo y se desplomaron sobre las vías. Aun cuando no lo crean, mis tíos (que estaban juntos en la realidad) pasaron unidos al mundo onírico. Sí, compartían ahora el sueño que juntos habían empezado a soñar después de la apertura de aquel misterioso objeto: soñaban que llegaban a Canning y realizaban un profundo pozo mientras yo descargaba otras herramientas de la camioneta. Veían pasar el trencito y después se topaban con el objeto metálico.
La frase grabada en el cofre parecía ser real, aunque aún no estoy seguro si es parte del sueño que están condenados a vivir por la eternidad, si es que vivir es la palabra correcta.
Seguramente, usted, se preguntará cómo es posible que yo haya podido ver lo que mis tíos soñaban. Supongo —aunque no estoy seguro—, que, al estar a cierta distancia del cofre, sus efectos sólo me alcanzaron parcialmente y algo de mí vive en la realidad y otra parte en el mundo de los sueños.
Incluso, en este momento, no sé dónde estoy. Preste atención a lo que voy a decirle y, por favor, no se asuste: puedo observarlo a usted que está leyendo La Palabra de Ezeiza. Estoy a su espalda y no sé si puede verme. Si acaba de sentir que alguien lo observa, quién sabe, tal vez usted también sea parte de un sueño.

(*) Es autor del libro Cuentos (2009), integrado por las historias “La moneda mágica”, “Mariana” y “La verdadera historia de Gaspar”.

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