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La Palabra de Ezeiza | Septiembre de 2021

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El jardín del senador

Por Elio Salmón | Ilustración: Digital Snatch | Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses 


Hugo Sánchez trabajaba de chef en el Aeropuerto de Ezeiza, en la terminal A. Por consecuencia de la pandemia, sus jefes lo suspendieron hasta nuevo aviso. 
Buscando otro trabajito consiguió ocupar un puesto de jardinero en un exclusivo country, dos veces por semana. Hugo vive en el barrio de Santa Ángela y en bici su nuevo empleo temporario le queda a pocos minutos.
***
Hace poco, una mañana otoñal, Hugo recibió una indicación de Javier, su nuevo patrón:
—En la casa del senador préstale atención a la caca del dogo. No le pases la máquina por encima.
El chef asintió con la cabeza, mientras descargaba las herramientas en la guardia del country.
Después de cortar el pasto en cinco viviendas, llegó al jardín del senador. Siguiendo las indicaciones de su jefe, tomó la escobilla de plástico y comenzó la tarea. Cocinero sofisticado en comida japonesa y acostumbrado a aromas exóticos, masculló:
—Por mi hijo, ¡cómo te extraño, Aeropuerto! ¡Guácala! Por Dios, ¡¿qué le dan de comer a este animal?! ¡Guácala! 
Cuando terminó de recoger las heces del can, observó la carretilla desbordante y, por asociación libre, se le vino a la cabeza una escena vivida en el polirrubro de su barrio: una madre pidiendo que le fiaran carne por 300 pesos para alimentar a sus hijos esa noche. Delia, la vecina avergonzada, le dijo a la almacenera:
—¿Me das carnaza de fiado? El viernes te pago...
Mientras esperaba una respuesta negativa, Delia se tocaba la cabeza y miraba para los costados nerviosa, cuando la almacenera le alcanzó la carne y dos cebollas, al tiempo que anotaba la deuda en una libreta.
***
—Este perro come más que los hijos de Delia. Está mejor alimentado que esos pobres changos —dice Hugo y se pone a hacer surcos.
Al final del jardín descubre una laguna, plagada de carpas de colores y otros peces sembrados artificialmente. Hay un pequeño muelle y una canoa. Al lado, en una obra, se escucha polka paraguaya. Una tanza bien estirada en el medio del agua indica que un albañil ya tiene su presa para la parrilla. 
Todo es captado por el improvisado jardinero que pelea contra los mosquitos empecinados con su cuello y los brazos, mientras va y viene cortando la grama bahiana.
Roco, el dogo de Burdeos del senador, intenta jugar con Hugo, quien no le presta atención porque, entre idas y venidas, piensa en la carretilla, el senador, la laguna artificial, el albañil, la polka, los peces... 
Hugo desea que al terminar esta pandemia suceda algo. Un milagro. Que la humanidad sea un poco más justa, y que los más tienen tengan un poco menos. Y que madres, como Delia, puedan alimentar cada día a sus hijos.

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