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La Palabra de Ezeiza | Octubre de 2021

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Rosas de mayo y sombras

Por Ernestina Blanco | Esto No Está Chequeado | Foto: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Ignacio da un paso atrás para apreciar mejor la tela que su hija Sonsoles —siempre angustiada por los trastornos del clima— ha llamado “La sequía”. Es un dibujo abstracto en el que resplandecen los amarillos, desde el verde hasta el naranja, sobre un horizonte de suelo color ladrillo. Terminada la jornada (y tal vez, la obra), tapa los pomos y limpia los pinceles. Cierra los postigos del altillo asomado al frío húmedo del anochecer. Baja con alegre agilidad por la escalera de madera noble; quizá también con alguna expectativa, lo acompaña Don Sol, el gran gato dorado, cola en alto y presuroso.
La casa con techos de tejas españolas es típica en este barrio de Ezeiza (y otros de la Provincia), fruto del desarrollo inmobiliario de mediados del siglo XX, tan distinto del actual. Ha sido reciclada: la cocina se prolonga en comedor que se ensancha en living. Hay fuego en el hogar. La mesa está dispuesta para cuatro comensales. Don Sol sube de un salto a la salamandra, todavía apagada, y ladea la cabeza con un guiño. Ignacio comprueba que la comida, preparada por la empleada que lo mima con delicias culinarias, se esté horneando a fuego lento. Retira dos botellas de buen tinto de la pequeña bodega refrigerada. Antes de descorcharlas para airear el vino, toma una tijera de un cajón bajo la mesada y sale al jardín por la puerta trasera.
En el cielo se apaga el día; en el jardín de rosas se borran los colores. Ignacio va cortando aquí y allá flores maduras para que las plantas sigan floreciendo, como le enseñó Esperanza, la jardinera de El Trébol. Busca los últimos pimpollos del otoño y se decide por los del rosal Just Joey. Mientras los elige, evoca sus delicados matices tan bien captados por Sonsoles, con quien comparte la pasión por la fotografía (y por el fútbol). A dos años del divorcio, han construido un sólido vínculo y se siente orgulloso de esa adolescente intuitiva, inteligente y acaso feliz. Al pensar en su hija, algo le inquieta. ¿Qué pasará mañana, cuando le cuente? Confía en que todo ande bien porque, para él, el casamiento es cosa seria. Aunque sea el segundo. No parece que lo sea para Marcela, su ex mujer: anda diciendo (no del todo en broma) que su vecino y ella conviven porque no soportan el distanciamiento social. En cambio, él pedirá en la cena a Jorge y Susana, amigos de este barrio de parques generosos, que sean sus testigos en el acto formal del matrimonio.
Entra a la casa con el pequeño ramo fragante, corrido por el frío. Mientras arregla las rosas de mayo en una antigua jarrita enlozada, se ríe del gato dormido como una enorme pelota de peluche. De golpe lo sacude el alarido de la alarma de Graciela, que vive al lado pero salió temprano. Por la ventana sobre la mesada ve una sombra que salta el cerco y se oculta entre densas sombras quietas. Con celeridad pero con calma, cierra con llave y toma el celular para llamar al 911. Mientras le da la dirección a la operadora, piensa con intenso alivio que hoy su hija duerme en casa de la madre.
Al cortar la comunicación, el silencio sin ladridos lo sorprende. Algo desconcertado, empieza a dudar: ¿es posible que alguien salte un cerco de dos metros? Vuelve a mirar afuera y sólo ve serenas siluetas vegetales. Don Sol sigue durmiendo. Hay distantes sirenas que se acercan. ¿Será la patrulla que ya viene? Como si hubiera oído sus pensamientos (o las sirenas), una sombra pasa corriendo junto a las ventanas del comedor y salta otro cerco de dos metros hacia el baldío lindero. Por Las Casuarinas, un silbido se lleva la melodía de “La ciudad de la furia”. Suena el timbre. Ignacio atiende a la policía, que se marcha tan pronto como llegó.
El portón se desliza para dar paso a un auto oscuro de marca alemana que se estaciona fuera de la cochera. De él desciende un hombre joven, vestido con informalidad. 
—Susana y Jorge estarán acá en diez minutos —anuncia Ignacio, risueño e intencionado, cuando se funden en amoroso abrazo a la luz palpitante de los leños que arden. 

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