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La Palabra de Ezeiza | Abril de 2021

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Adictos a la perforación de orejas(*)

Por Antonella Corallo | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


—La Secretaría de Perforaciones ha desestimado los derechos de varias orejas y el Consejo de Rostros ni se mosquea. Permite que una putrefacción situada por debajo del párpado haga contacto con la lengua, se familiarice con la faringe y deje a pobladores con dolores estomacales y de muelas. Abrieron un inventario de daños psicológicos, y uno de ellos, el más reconocido por la gente coqueta, es la perforación de orejas —al dar este discurso de bienvenida me encontraba cubriéndolas, no quería que la multitud me tildara de hipócrita—. Trabajo para combatir este mal social, que empezó con un pequeño arito. Pienso proponer una opción muy viable que logrará contener el apetito desmedido por perforarse veinte veces al día. Para eso los cité. ¿Todos están de acuerdo? Contesto preguntas.
—¿Podemos perforarnos ahora? ¿O tenemos que esperar a que usted termine de perforarse?
—Yo no me estoy perforando. ¡¿Qué se piensan?! ¡¿Que soy un adicto como ustedes?! Tráiganme alcohol, por favor —respondí.
—¿Puedo perforarme una partecita solamente? —dijo uno.
—Por lo visto nadie puede contenerse, y he aquí el plan más coherente, hagan una fila —cerré la presentación.
Se fueron acercando. El placer se apropiaba de mis sentidos. Las orejas desfilaban altivas, variadas, de todo tipo, con aros de acero, con aros colgantes, todas repitiendo al unísono: “Cortame”.
Agarré el cuchillo, casi sediento, y sentí la dureza de cada cartílago. Afuera de la iglesia se escuchaban los gritos. Adentro, nos unimos en canciones desafinadas, muy útiles para dormir la siesta, pero que no afectaban nuestro afán decorativo.
—¿Decorativo? —preguntó un rostro.
—Sí, vamos a decorar la iglesia con guirnaldas y orejas —expliqué.
Así fue cómo nos deshicimos de esta adicción en el barrio. Una manera muy original y divertida. Los invito a ustedes a venir a mi iglesia. Soy un padre ejemplar. Cuanta más gente traigan, más compasivo seré. Hagan la fila y en vez de dar el diezmo me conformo con recibir sus orejas. Es casi lo mismo. 

(*) Este relato recrea el testimonio de un peculiar religioso de Ezeiza y me lo confió un atribulado vecino que se niega a pasar cerca de un templo. Con claridad, es producto de una pesadilla.

Más relatos de Antonella en su Instagram: Mil_rosass

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