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La Palabra de Ezeiza | Temporada 2020

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Una segunda oportunidad

Por Edgardo Pietrobelli (*) | Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses

El otro día estaba en la parada de colectivos de ruta 205 y Gaddini, frente a la Estación de Suárez, cuando una jovencita se sentó a mi lado.
—Usted escribe en La Palabra, ¿no? ¿Se anima a contar lo que me dijo mi abuela Elcira? —preguntó con el entusiasmo de sus 15 años, y sin esperar que le respondiese, comenzó con su monólogo—: Cuando era chica, la abu llegó a Tristán Suárez junto a sus padres. Su hermano Josefino tenía poco menos de 20 años cuando vio a Rosario en un almacén y se enamoró por única vez en la vida. El tema es que la veía... ¡pero nunca nada de nada! ¡O sea, Josefino era relenteja! ¡Tartamudeaba de pensar en ella! Se paraba cerca de la casa sólo para verla. ¡Daba reacosador! ¡Todos los hombres son tan bolú! Perdón, son tontos. No lo digo por usted, señor... Abu dice que Josefino era muy tímido, y sufría y lloraba en secreto. ¡A mí los cobardes no me van! ¡Les pego un voleo! Un poco la comprendo a Rosario. Mi abu decidió meterse y le fue dando unos consejos a su hermano. En menos de un mes, Josefino ya estaba por dar el gran paso. Iba a invitarla a un baile en el Club Tamberos, cuando la mina le mandó una notita anunciándole que se iba de Suárez. Tomaba el primer tren de la mañana. ¡Se mudaba a Capital con su tía! Tenía planes de seguir estudiando. En la carta decía que podía pasar a despedirla en la estación, de madrugada, y que algún día ella volvería. ¡Una hija de p... perdón! Era lento Josefino, pero tampoco había que tratarlo así. Lo peor de todo es que Josefino llegó tarde y no pudo ni siquiera decirle adiós. Desde aquella mañana, Josefino se sentaba en el banco de la calle Porqueras a ver pasar los trenes. ¡Esperaba una segunda oportunidad! Un día de mayo lo encontraron congelado, ¡muerto! Abu dice que Josefino sigue estando ahí como fantasma y sólo quienes han perdido un gran amor pueden verlo. El fin de semana pasé por ahí, y lo vi por primera vez. Está igualito a una foto que tiene la abuela. Me asusté un poco. ¡Pero yo no perdí a nadie, eh...! ¡A nadie! ¡¿Escuchaste bien?! Fue un zafe, nada más. ¡Yo no creo en el amor!
La nena guardó silencio y se quedó con una mirada triste. Giró la cabeza y clavó sus ojos en mí.
—Lo va a contar, ¿no? —me dijo.
Asentí con la cabeza, y esbozó un gracias. Luego se paró y cruzó la 205 entre los autos, rumbo a Porqueras.

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