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La Palabra de Ezeiza | Temporada 2020

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La app de las cosas perdidas

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini | #FiccionesEzeicenses


Hace pocos días soñé que instalaba en mi celular una aplicación que permitía encontrar las cosas perdidas de la vida. Descargué Total Map desde mi Play Store y sonreí con sólo pensar en lo feliz que sería ante cada hallazgo. Arranqué con algo sencillo para ver si la tecnología funcionaba. Puse en el buscador: “Muñequito de Martín Karadagián, ese que venía con los chocolates Jack”. La app determinó que la figura se hallaba enterrada en un baldío de Güemes. Eran las tres de la mañana y salí hacia el descampado en mi bici de montaña. Con una palita de jardinero cavé en el punto indicado. Casi decapito al armenio en mi búsqueda, pero su cuerpo de titán resistió. Guardé al luchador en mi bolsillo y decidí probar con otro objeto: “Pelota del Mundial de Fútbol México 86”. El sistema me informó que la Azteca dormía en el arroyo de Sol de Oro. Retomé la travesía y, al llegar a destino, me tiré de cabeza al agua. Tras espantar a un ratón del tamaño de un gato y revolver entre el barro, apareció la pelota número cinco que tantas alegrías me dio en la infancia. La dicha se evaporó cuando comprobé que los cascos y la cámara estaban podridos. Devolví el balón al arroyo y, sin dejar que mi ánimo decayera, puse: “Angélica, mi primera novia”. El software señaló que ella me esperaba en una esquina de Barrio El Paso. Salí prendido fuego ante la posibilidad del reencuentro. Había sido muy tonto al perderla. Su belleza era única, irresistible.Acercándome, vi que Angélica hablaba desde su iPhone 11 Pro Max. Con su característico tono agudo, decía una serie de insensateces que aquí no vale la pena consignar. Decidí huir y desinstalar Total Map. Noté que mi ex corría detrás mío y que acortaba la distancia por más que yo redoblara el pedaleo. Cuando estaba por alcanzarme, regresé a mi habitación. Solo, por fortuna. Mientras tomaba ánimo para volver a dormir, en la mesita de luz empezó a sonar mi celular. El brillo de la pantalla me mostró a Karadagián, serio, al lado del reloj despertador. Me aconsejó no atender.

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