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La Palabra de Ezeiza | Temporada 2020

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Cajero humanomático

Por Antonella Corallo | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini | #FiccionesEzeicenses

—¡Quiero tragarme todos los virus y bacterias del mundo! —dije.
Tenía un sabor a cáscara de banana, olor a mandarina, palitos salados, cebolla y pescado crudo. No era sushi, sino un filet de merluza que tocaron ligeramente para ponerlo en la asadera, que luego se arrepintieron de tan horrible, acuoso, remojado e insulso que era. Contuvieron las arcadas y finalmente pidieron unas pizzas. Para pagar el delivery tocaron el billete de cien y después el de quinientos, y así es cómo uno se explica con certeza el origen de lo recientemente ingerido. 
Acabo de devorarme esos billetes. ¡En mi vida había probado cosa más rica! ¡Se los aseguro! ¡Nada se compara! Sentí una erradicación de impuestos en el paladar, una ganancia sin inversión en la laringe y una posible faringitis de cientos de gérmenes bursátiles.
Es difícil explicar de dónde surge esta necesidad. La economía me acaricia las cuerdas vocales y me dice: “¡Comé el billete de mil!”, y  hago caso. Una vez tragado, toso un poco, se escapa entre la tos y el escupitajo un pedazo ya baboseado y masticado... ¡y me lo trago!
¡Confieso que es más rico regurgitado! 
Todos mis compañeros me aplauden.
Me siento el más afortunado de los cajeros de Ezeiza. El Banco Provincia me hizo un altar entre vidrios, para que no me moleste el cajero de al lado. 
Sirvo para los días ajetreados. Me como todos los billetes sin contarlos. Si se descuidan, les garroneo la billetera, de cuero o tela, ¡lo que sea! Me atrae la belleza lujuriosa de aquel papel, de aquellos números apasionados... ¡Ay!,  me dieron ganas de uno de doscientos. ¿Alguien tiene? 
La gente hace fila y me dice amablemente:
—¡Quiero depositar $500! 
 Yo contesto:
—¡Adentro!
Cuando estuve en otros distritos, las personas eran más codiciosas, desesperadas por preservar la plata en sus cuerpos, nutrirse de parámetros económicos y construir una mansión de cinco pisos en el hígado. 
Acá, todos donan la plata, e invierten en cosas que verdaderamente generan ganancias. 
Me tienen podrido y les grito:
—¡Sean codiciosos! ¡Necesito que se endeuden! ¡Dónde está la ambición en estos días!
Llegué a la conclusión de que en Ezeiza estilan ser felices sin derrochar dinero. ¡Qué pena! Yo pensaba que la felicidad se trataba de eso.

(*) Más relatos de Antonella en su Instagram: Mil_rosass
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