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La Palabra de Ezeiza | Temporada 2020

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Tres monedas

Por Hugo Alberto Panza (*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini


Esta historia ocurrió hace algunos años, cuando aún las monedas tenían valor.
Amanecía en Ezeiza. Tomás caminaba por Paso de la Patria. Hacía frío, iba cada vez más rápido. No quería perder el tren y llegar tarde a su trabajo en Llavallol.
Tenía una moneda para viajar y otras tres para comer.
Era fin de mes, y no había otra salida que ir a trabajar sólo con eso. Mañana era día de cobro, y esperaba que no se atrasaran en el pago. Si así ocurría, se vería obligado a pedir prestado, nada más humillante para él.
¿Podría alguna vez salir de la pobreza?
Sus padres, honrados, trabajadores y caritativos (aún sin tener nada), no habían escapado del pozo en toda su vida, tal vez precisamente debido a estas virtudes. Pero no cometería el mismo error: él ya sabía a qué conducía eso.
Una moneda era para viajar al trabajo. Eso era lo que le salía el boleto ida y vuelta en el Roca. Por suerte no era un largo viaje. Las otras tres eran para comer al mediodía. Solo había desayunado mate cocido pelado y sabía que tendría mucho apetito.
¿Pero qué podría comer con tres monedas?
En su mente repasaba las opciones. 
¿Un pancho? ¿Un paquete de bizcochitos? ¿Y si compraba cuatro facturas y las comía al mediodía? ¿Un paquete de Criollitas tal vez? ¿Y para tomar? De última, agua de la canilla y que sea lo que Dios quiera.
Ya en el tren, comenzaron a circular los vendedores y los necesitados. Pasó el que hablaba de las Malvinas, el que tenía SIDA, la que vendía medias, el de los CD y el de los diccionarios para los chicos en edad escolar. Se sucedían uno tras otro sin darles respiro a los pasajeros. Luego entró el niño de las estampitas.
“¡Pobrecito! ¡Hace frío y no tiene mucho abrigo!”, pensó.
Pero Tomás estaba decidido a no conmoverse ante nada. No cometería el mismo error que sus padres: esta vez no se le escaparía el dinero en ayuda alguna. Tres monedas tenía para almorzar, y les sacaría el mayor provecho posible.
Llegó a destino, bajó del tren y vio correr hacia la calle al chico de las estampitas. Lo siguió. En la plaza frente a la estación, ese chico observaba unos pocos juguetes de plástico que vendía una mujer aún más pobre que él. Le prestaba especial atención a un autito amarillo. Tomás comprendió que cometería el error de sus padres.
Compró el autito y se lo dio al niño.
Tres personas eran ahora un poquito más felices. La mujer había vendido el auto en tres monedas. El chico sonreía como Tomás nunca lo había visto sonreír en el tren. Y él estaba satisfecho con su acción.
“Será sólo un poco de hambre —pensó—. A la noche cenaré”.

***

En ese momento, Tomás despertó. Tenía ocho años, y se había dormido en el asiento del tren, cansado de tanto caminar. Había tenido el mejor sueño de su vida: ya era adulto y poseía tanto dinero que podía ayudar a otros niños como él, que repartían estampitas.
Pero no terminó ahí. El sueño lo había impactado tanto que decidió cambiar en algo la rutina de sus días. Cuando la jornada repartiendo estampitas terminaba, contaba las monedas y separaba tres. Le entregaba todas a su madre, excepto las tres separadas. Al otro día se las arreglaba para comprarle algo a algún niño que como él repartía en el tren. A veces, comida; otras, un juguete. Tomás no sabía por qué, pero volvía a sentir la alegría que había experimentado en aquel sueño. Dicen que, si no encontraba alguien en los vagones, muchas veces bajaba y comenzaba a caminar por la ciudad hasta encontrar a aquel que sería el destinatario de sus monedas. Se lo vio por el barrio ATE, por el barrio Capolupo, por Villa Guillermina.
Tomás creció, estudió, más tarde consiguió un buen trabajo y ya no necesitó caminar por los vagones del Roca. Todos lo que lo conocen saben de su permanente sonrisa. 
Hace poco alguien le preguntó:
—Che, Tomás, ¿por qué siempre estás contento? ¿Cómo hacés? ¡Decime!
—Es fácil. Sólo tenés que regalar tres monedas.

(*) Es autor del libro Cuentos (2009), integrado por las historias “La moneda mágica”, “Mariana” y “La verdadera historia de Gaspar”.
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