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La Palabra de Ezeiza | Temporada 2020

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Un Pombero anti-robos

Por Elio Salmón(*) | Ilustración: Tomassini | Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses 

En el barrio Sol de Oro, en La Unión, se hizo presente una leyenda ancestral.
Luis Silva Brites, albañil de 25 años de nacionalidad paraguaya, fue el anfitrión del Karai Pyhare (Pombero), que en castellano significa Señor de la Noche.
A Lucho (como le dicen en el barrio) no le gustan los problemas, y, cansado de una serie de injusticias, buscó la manera de resolver la mala fortuna de que unos ladrones anduviesen merodeando y provocando todo tipo de maldades en el vecindario.
Igual que otros, él fue víctima de hurto varias veces: le robaron la ropa que tenía tendida, sus champion preferidas, una bicicleta, una pelota, su perro. La lista es interminable. No podía vivir en paz.
Su madre, doña Ramona, le dijo que sólo el Karai podía ayudarlo, pero debía hacerse devoto con mucha fe. Fue así que, en uno de sus viajes a San José Obrero, consultó a don Fermín (el curandero de su pueblo natal), quien le ofreció una poción y un rezo, a cambio de unos cuantos guaraníes. Tras pagar lo pactado, Fermín le preparó el brebaje para que el duende mitológico se sienta a gusto en Ezeiza.
Al regresar a Sol de Oro —luego de las mini vacaciones, y con la bendición de su madre—, el flaco Lucho derramó en su propiedad el líquido preparado por Fermín, “el médico natural” (Lucho prefiere usar estas palabras, en vez de curandero).
—¿Y los resultados, Lucho? —le pregunté, hace unos días, y él me contó que su perro regresó dándole a entender que el Karai Pyhare ya andaba activo, como si fuera una especie de alarma de seguridad vía satelital, o algo parecido.
Los ladrones desaparecieron de esas calles y no se supo más nada de ellos. Es que el Karai persigue a la gente de alma oscura, sean amigos o enemigos.
Lucho volvió a estar tranquilo y duerme sin llaves. Eso sí, no debe olvidar lo prometido: no silbar en horas de la noche ni decir el nombre de Pombero en voz alta. Y en su casa, siempre, debe haber tabaco, miel y caña de durazno, en señal de agradecimiento.

(*)Profesor de historia e investigador regional.

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