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La Palabra de Ezeiza | Jueves 6 de agosto de 2020

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El jazz de los dioses

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini | #FiccionesEzeicenses


El otro día, con mi amigo Waldo Fonseca nos encontramos vía Zoom y estuvimos charlando sobre grandes músicos olvidados. Con nostalgia, mencionó al pianista Quipildor Ortuño, oriundo de Tristán Suárez, quien “tocaba como los dioses”. El director del Hot Club de Boedo suele ser austero con sus elogios y me llamó la atención que hablara con tanto entusiasmo. Por eso, retomé sus palabras y le pregunté:
—Che, Waldo, ¿es posta que tocaba como los dioses?
Respiró profundo y, ante mi ignorancia, señaló:
—Ortuño era de la estirpe de los dioses asiáticos. Lo vi una sola vez, cuando yo era chico, y jamás lo olvidé.
Más intrigado aún, le pedí que se explayara. Tras un largo silencio, me respondió:
—En Asia, ciertos pueblos antiguos dicen que los dioses creadores del universo viven en un tiempo mágico. En los albores de la humanidad, estos seres dormían en las profundidades del planeta, cuando el mundo era muy distinto al actual y no existían hombres ni mujeres. Algo los despertó y estuvieron años dando vueltas por el globo terráqueo, hasta que al fin volvieron a dormirse en algún rincón remoto. En ese largo viaje, dieron forma a los paisajes actuales, crearon a la humanidad entera, sembraron dones y dotaron a cada región con sus características.
Mi amigo guardó silencio. Yo no sabía si me estaba cargando con este divague. Cuando se vio venir que iba a abrir la boca, levantó su mano y me pidió paciencia. Luego, prosiguió:
—Entre otras proezas, Quipildor Ortuño compuso la extraviada Sonata contra los ruidos molestos de la vida, conocida por sus seguidores como El sueño de Quipildor y por sus detractores como Sonamos, hoy toca Ortuño. Él fue una gran promesa del jazz, un tanto incomprendido, claro, porque tenía una particularidad muy rara: tocaba el piano dormido.
—¡¿Tocaba el instrumento mientras dormía?! —exclamé, en un acto reflejo. Quería decirle que aquello era imposible, pero me contuve. Noté (a través de la pantalla de la compu) que Waldo estaba emocionado.
—Ortuño arrancaba despierto —me dijo—. A medida que avanzaba el recital se dormía. Al principio, sus compañeros vivían aquello con preocupación, pensaban que en cualquier momento iba a despertarse. Después, lo fueron entendiendo. En ese trance, tocaba como los dioses y se transformaba en un hombre superior, al conectarse con el tiempo mágico de la música.
Lo miré con incredulidad, y mi amigo, sin perder su característica paciencia de Buda, culminó su evocación:
—Quipildor Ortuño podría ser recordado como un grande, pero en un recital ocurrió un hecho inesperado. Nunca le habían conocido pareja. Era muy reservado. En medio de un show, cuando estaban interpretando I’ll See You in My Dreams, una dama se levantó, se acercó al escenario y lo despertó a los gritos. Le decía que estaba harta de sus promesas y que no quería verlo nunca más. La chica se marchó, y Ortuño salió detrás de ella. Dejó plantaba a toda la banda y jamás regresó ni a un ensayo. La leyenda cuenta que padeció insomnio hasta final de sus días y que se dedicó a viajar y a poblar el mundo. Igualito que los dioses asiáticos.

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