La Palabra de Ezeiza | Temporada 2020

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NOTICIAS | AGENCIA DIB

Extraterrestres en la cuarentena | Teorías conspirativas


Por Fernando Garriga (*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini

Después de tantos días de cuarentena y sin ya saber qué reja pintar de su casa de la calle Chaco casi Racedo, Julio se dedicó a pavear en internet. Se encontró con un montón de teorías sobre una próxima invasión de aliens. Disimulando su presencia entre las nubes, al final se dejarían ver: venían, decían los videos, a ayudarnos a arreglar los problemas de este mundo porque la humanidad estaba entrando en la Era de Acuario. Que Bill Gates era el más malo de los malos. Que los poderosos tenían granjas de niños esclavizados a los que les chupaban la sangre y otras cosas. Que la red 5G nos hervía las neuronas y unas cuantas cosas más que Julio no llegaba a comprender muy bien del todo.
Los artículos recomendaban la meditación tipo budista para hacer contacto. Se trataba de civilizaciones avanzadas.
La cuarentena abrumaba a Julio con tanta soledad. Ni siquiera recordaba el rostro de su hijo, quien vivía a una cuadra pero, como trabajaba en el Hospital, debía aislarse de él, que estaba entre la población de riesgo por ser mayor de edad. Le traía, una vez a la semana, una bolsa con la comida y los remedios. Se la alcanzaba con un palo sin abrir la puerta reja. Ese era todo el contacto que Julio tenía con el resto de la humanidad además de Víctor Hugo en la radio y en la tele.
Fue tanto su fervor de contactar extraterrestres que el día que se oyeron algo así como trompetas en el cielo, se convenció de que al fin habían aparecido. Se vieron luces en el descampado próximo a la Escuela 25. Nubes de humo que algunos distraídos atribuyeron a la fumigación del dengue. No se sorprendió entonces, Julio, de ver aparecer de entre ese humo una encorvada silueta de ojos grandes y arrugado cutis. Sus manos de largos dedos se movían lentamente como si quisiera pedir ayuda. Pensó que tal vez algo le había salido mal en el viaje a la criatura celestial, o en el aterrizaje. La hizo pasar, le ofreció mate cocido y abrió el último paquete de bizcochos Don Satur para ofrecerle. Tenía unos ojos tan enormes que en ellos se reflejaba toda la cocina.
Cerró puertas y ventanas. No quería compartir su hallazgo con la chusma que eran los vecinos. Tampoco con esa gente que había aparecido por la calle y entre las nubes de insecticida llamaba: “Abuela, ¿dónde estás abuela?”. Explicaban a todo aquel que quisiera oírlos: a las seis de la mañana la abuela había salido para cobrar las diez lucas de la IFE y no había vuelto a casa.

(*) Escritor y paisajista, tiene publicados cuatro libros: Escuela para ciegos (2013), Continuidad de la obra (2015), Cumpleaños en la isla (2016) y Las invasiones ranqueles según mamá (2019).

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