La Palabra de Ezeiza | Temporada 2020

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NOTICIAS | AGENCIA DIB

La artista manos de tijeras

Por Edgardo Pietrobelli (*) | Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses


En la búsqueda de misterios para esta sección, di con un anciano sentado al borde del arroyo Rossi. Me dijo: “¿Así que usted busca historias para contar en su diario?”. “Más vale —contesté—. Lo escucho”. Entonces, el anciano arrancó: “Hacia fines de los 50, en mi infancia, tuve una vecina artista. Anastacia Claudel era escultora, pero no usaba gubias, cinceles ni mazas. Lo suyo eran las tijeras. Empezó podando las rosas de su madre, luego los laureles, las plantas de tomates, perejiles y cuanta verdura estuviera a su alcance. En su adolescencia se dedicó a la jardinería. Su fuerte estaba en las casaquintas de la zona. Los arbustos parecían cisnes, y las ligustrinas, épicas batallas. Los árboles se convertían en barcos y hasta un pino thuja oriental podía transformarse en una escultura rupestre. Aunque lo más solicitado era la cara del Tío Sam. Cierta vez, la artista transformó un libro a imagen y semejanza de mi padre, y se lo regaló. Papá lo exhibía orgulloso en el comedor de casa. Ella quedó tan entusiasmada que, sin abandonar la jardinería, se dedicó a la escultura librística y modificó cientos de ejemplares. Esto cayó mal a los miembros del olvidado Círculo de Escritores e Importantes Intelectuales de la Zona Sur (CEIIZS), que vieron sus libros convertidos en animales, autos, casas y cuanto cachivache inspirase a nuestra vecina. El colmo llegó cuando la escultora pasó por una biblioteca pública y cambió la forma de cientos de libros y hasta un tomo de la Enciclopedia Británica. Los escritores salieron a buscarla con viles intenciones. Un vecino alertó a Claudel, quien se escondió en mi casa. Mi madre la maquilló y la disfrazó de varón con ropas de mi hermano. Así, logró escapar. ¿Dónde? Algunos dicen que se fue a Francia donde una abuela suya había sido famosa, pero, en verdad, no se sabe. Los del CEIIZS destruyeron todos los libros transformados. Incluso, los regalados fueron retirados a la fuerza de los distintos domicilios particulares. Yo quise salvar el que había dado a mi padre, pero cometí la torpeza infantil de enterrarlo en el jardín y la humedad lo destrozó. Pensé que todo su arte se había perdido aquí en Ezeiza, pero donde planté la escultura creció un arbusto. Suelo podarlo con el set de tijeras que Anastacia, en el apuro de la huida, se olvidó en nuestra casa. El arbusto se parece a la estatua ‘El pensador’, de Auguste Rodin, aunque con la cara de mi padre”.

(*) Actor, director y dramaturgo. Dirige El Saloncito Teatré.

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