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Los pájaros y los mensajes

Por María Cecilia Gilardoni | Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses


Estaba muy nublado pero aun así le puse una ficha al pronóstico y esa mañana subí a la terraza a tender la ropa. Por aquellos días, vivía a pocas cuadras del Parque Avellaneda, un barrio alejado del microcentro, en la ciudad de Buenos Aires.
Arriba, sobre el tanque de agua de una casa vecina, un carancho. Lo vi: un pájaro de gran porte que lucía bravo, con su apariencia categórica de pico fuerte y patas terminadas en garras intimidantes. Abajo, en el jardín, un par de palomas aprovechaban la sensatez de mi perro, que echadito cedía ya satisfecho su lugar frente al plato del alimento balanceado. Los loros daban el touch art a la escena, coreando el fin de la lluvia desde el nido en la copa del cedro.
La condición de “no estar chequeado” da impronta a esta sección y, por lo tanto, me ofrece la posibilidad de escribir sobre la invasión de caranchos en la ciudad de Buenos Aires, haciéndome cargo de todo cuanto aquí digo.
Parece ser que, hace unos años, el Gobierno de la Ciudad propició el aumento de la población de estas aves rapaces, como estrategia para predar a las palomas y a los loros, que, según las autoridades, se habían convertido en una plaga con todas las consecuencias que esta tipificación conlleva.
En rigor de verdad, desconozco cuáles eran esas derivaciones tan nefastas. Algo decían de la polución ambiental que provocaría el elevado número de palomas y lo invasivo del parloteo con el que los loros se comunican. Pero más allá de mi ignorancia técnica, el sólo hecho de saber que la suelta de caranchos no estaba proyectada para enseñarles a las palomas a ser menos sucias ni a los loros a no gritar tanto, provocó en mí un escalofrío para nada atribuible al estado del tiempo, en esa mañana nublada y ventosa, en la terraza de casa. Los pájaros, como cualquier otro animal, suelen darnos “la posta”. Su comportamiento, sabemos, es instintivo. No hay un razonamiento previo, dice la ciencia. El tema es ver qué hacemos nosotros, los humanos, con esa severidad con que la naturaleza revela sus códigos. Lejos de mí, la intención de llevar al lector a parangonar las políticas públicas con los hechos de la naturaleza, tan al gusto de la filosofía positivista.
Pero, bueno, mis queridos contertulios, hasta aquí el relato que no pretende más que poner palabras a la imagen que hace unos años tuve ante mí. Y si bien iba a despedirme, no puedo cerrar este espacio sin dedicar un párrafo a los zorzales, porque son las cuatro de la mañana y desde la cama escucho su canto. Cada año, irrumpen alterando mi ritmo circadiano y logran que el sueño baje la guardia para que esa melodía monocorde y reiterativa me despierte en la madrugada. Seguramente el zorzal estará posado en algún pino, allá afuera, en la calle, en esta arbolada zona de Canning. Es un canto que me habla de soledades, de sombras, de lunas y de una apuesta pese a todo. De eso se trata, creo, el canto del zorzal, y yo no podría ser tan descortés de no prestarle mi oído y desde mi cuarto susurrar: dale... yo te escucho. El hechizo empieza a mediados de agosto. Sí, los zorzales se adelantan y le primerean la magia a la primavera. Al milagro de resurgir, ese que hoy, a comienzos de noviembre, ya está instalado. Así fue siempre y espero que nunca sean plaga. Sólo así, la vida seguirá poniendo un zorzal en mi ventana.

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