Maradona en el Barrio El Trébol

Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses | Por Míster Afro

Con los pibes del barrio Sol de Oro estábamos perdiendo fulero contra nuestros eternos rivales de Villa Golf, cuando Diego Armando Maradona se paró al borde de nuestra canchita de fútbol cinco. Era la época en que el Diego vivía con Verónica Ojeda en una quinta de El Trébol y solía andar caminando por la zona. Con el Pombero, Mick Jagger, Sugus y el Chino, tardamos en darnos cuenta de que Maradona hacía señas para entrar. Perdíamos 4 a 0, nos estábamos comiendo un paseo bárbaro y faltaban unos veinte minutos para el final. El Pombero fue el que se avivó de que Diego pedía el cambio, vestido con un pantalón corto, botines y una camiseta de Tristán Suárez, y de inmediato, paró el partido. Todos queríamos saludarlo, felicitarlo, tomarnos una foto con el celu para inmortalizar aquel momento, pero el Diego nos cortó en seco y, como si estuviésemos ante el mítico y eterno Capitán de la Selección, dijo sin vacilaciones: “La fotito, después. Estoy harto de recordar lo que pasó. Fue magnífico, pero el exceso de pasado va a matar el fútbol. Vengo a jugar”. “¿Para qué equipo?”, le pregunté, tímidamente. “Para ustedes. Con un poco de orden, podemos salir adelante”, respondió el Diego, y enseguida, Jagger se ofreció a salir de la cancha. Él era un gran jugador, nuestro hombre más habilidoso, pero fumaba y esa tarde se lo notaba cansado y poco inspirado. El líder de Villa Golf se quejó de que era ventaja deportiva, pero Maradó le respondió: “Somos cinco contra cinco”, y se reanudó el cotejo. Todo parecía distinto. Aunque no había tribuna ni gente alrededor, me sentía igual que el Checho Batista en el Estadio Azteca durante el Mundial 86. Como si leyera mi mente, Diego me dijo al oído: “Lo de México ya fue. Hay que jugar hoy”. Y así lo hicimos: nos metimos de lleno en el partido y en diez minutos Sugus marcó dos goles, uno de puntín luego de un rebote en el área y otro de cabeza con la asistencia del Diego. Continuamos arrinconando al rival, los palos, el arquero y la mala suerte nos negaban el tercero, y cuando faltaba un minuto, una mano de ellos nos dio un penal. Diego ejecutó el tiro con maestría y puso el 4-3. Continuamos presionando, ellos estaban metidos atrás, rodeamos el área rival, y en el último instante, desde afuera, saqué un zapatazo que pegó en el travesaño. El partido terminó con nuestra derrota y la sensación de haber perdido la posibilidad de lograr hazaña, mientras que los de Villa Golf daban la vuelta olímpica al grito de “Dale, campeón”. El Diego nos reunió a los de Sol de Oro y nos dijo: “Lo hicimos bien, muchachos. Estuvimos cerca. El tiempo de cada persona es breve, lo importante es nunca bajar los brazos, e intentarlo hasta el final”. Tras aquella sentencia se fue de la cancha, al trote, dejándonos con la sensación de haber vivido una epifanía. Tan emocionados estábamos, que nos olvidamos de sacarnos una foto.

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About José María Marcos (Editor)

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