La leyenda del piquete fantasma

Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses | Por Torosaurio

Pocos vecinos recuerdan el piquete fantasma del 28 de septiembre de 2002. Ocurrió en la esquina de Avellaneda y ruta 205, a metros de la estación. Se trató de una concentración gauchesca; de hecho, muchos fantasmas blandían grandes boleadoras etéreas. Al ver la congregación de espíritus prendiendo fuego tachos y gritando improperios, los transeúntes se desperdigaron despavoridos. Los comerciantes, en cambio, especularon con que los grandes medios cubrirían la protesta, publicidad gratis que les traería buenos dividendos. Pero sólo apareció un cronista de La Palabra. Una corte de sacerdotes se acercó con el objetivo de exorcizar a la embravecida turba, y fue repelida a puro boleadorazo. La Policía concurrió con una manguera antidisturbios, que no sirvió para nada: el agua atravesaba los cuerpos fantasmales, sin dañarlos. El comisario, al ver a sus agentes completamente sobrepasados, dio una última orden: “¡Disparen!”. Todos los oficiales (incluido el comisario) dispararon para el lado de El Jagüel, y nunca más se los vio por Ezeiza. Entonces, una delegación de vecinos decidió actuar. Pidieron hablar con el líder, y les respondió un fantasma que se presentó como Carlos José Gorostidi, quien explicó que la protesta era en contra de la construcción del aeropuerto, porque “va a espantar las vacas”. Los vecinos decidieron acudir al Tata Algarrabay, quien en esos días estaba por cumplir 108 años y contaba con las enormes ventajas de estar vivo, tener fama de médium y poseer buena memoria. El Tata saludó a la turba (entre la que se encontraban varios conocidos); y los desayunó con que habían llegado tarde: el aeropuerto ya estaba construido, y funcionando. Les contó que el distrito se había dividido en dos; que Ezeiza era una localidad urbana (por consiguiente casi nadie se dedicaba al ganado); y de paso, les aconsejó volver al descanso eterno. Ante esta información, los muertos se dieron por vencidos, subieron al primer 51 que pasaba por ahí y se fueron evaporando en el camino. “No sé si nadie se acuerda, o los muy vivos se hacen los zonzos”, aclara hoy el Tata, héroe olvidado que está por cumplir los 125. Todavía le da el cuero para convocar a don Gorostidi y tomar unos mates con él. El fantasma y el anciano han llegado a una oscura conclusión: los jóvenes sólo se acuerdan de los muertos y de los viejos cuando necesitan ayuda o les rompen la paciencia. Después, si te he visto no me acuerdo.

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