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La pena del poeta José Hernández

Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses | Por Míster Afro

Por la zona de la estación de Ezeiza se lo vio deambular al fantasma del poeta José Hernández. El autor del Martín Fierro andaba caminando medio perdido, con un traje gastado y barba descuidada, arrastrando una pena extraordinaria. Así me lo contó el famoso mentalista Chicho Albarenga, quien tiene el hobby de vender pochoclos, actividad ambulante que le permite pasar desapercibido mientras busca ectoplasmas en los sitios menos pensados. Dice Chicho que don Hernández se detuvo a comprar unos pochoclos salados, y le confesó que no puede sacarse de la cabeza algo que sucedió hace unos años: ahí cerquita, una calle con su nombre fue rebautizada Dr. Raúl Alfonsín, porque justo cruza delante del Comité Radical. Chicho trató de animarlo diciéndole que él y Fierro tienen muchas avenidas en todo el país, ediciones preciosas como la ilustrada por Juan Carlos Castagnino, festivales, centros tradicionalistas, cuadros y hasta museos dedicados a evocarlos, e incluso en Spegazzini hay una calle arbolada que lo recuerda. Y lo más importante: el pueblo entero lo admira y hasta la gente menos leída conoce sus versos. Dice Chicho que Hernández se quedó pensando, conmovido, y cuando estaba por responder, se materializó frente a ellos el mismísimo Alfonsín, con el optimismo, la sonrisa y la pinta de la campaña electoral del 83, aquel Raúl que estaba lejos de la hiperinflación y le gustaba repetir: “con la democracia se come, se educa, se cura”. Hernández se sobresaltó ante el arribo del expresidente. No estaba preparado para enfrentarlo y tampoco quería hacerle una escenita de celos, pues comprendía (como bien le señaló Chicho) que lo capital radica en que sus versos aún viven en el corazón de la patria. Alfonsín pidió un paquete de pochoclos dulces y, luego, recitó una frase de La vuelta de Martín Fierro: “Sepan que olvidar lo malo, también es tener memoria”. Cuenta Chicho que un éxtasis inundó la escena y se produjo un abrazo fraternal, con un Hernández que lagrimeaba y decía “los hermanos sean unidos”, mientras Alfonsín, siempre tan político, respondía “porque esa es la ley primera”. Los espectros se fueron evaporando delante de Chicho, quien estaba exultante por el encuentro, del que se sentía un partícipe necesario a causa de sus facultades psíquicas. En tren de confianza —me reveló Chicho—, hoy lo carcome un pequeño descuido y espera reencontrarse pronto con los fantasmas: entre tanto parloteo y reconciliación nacional, Hernández y Alfonsín se fueron sin pagarle los pochoclos.

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