El mortífero rap de Quinta Avenida

Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses | Por Torosaurio

A comienzos de la década del 90, Miguelito Corto era uno de los pocos raperos de la zona. Con 14 años, se lo solía ver pidiéndole las frutas a su almacenero de Quinta Avenida, tirándole rimas y bailando al son de una batería inexistente. Un día, un amigo le habló del Rap de la Muerte. “¿Lo qué?”, inquirió Miguelito. “El Rap de la Muerte —repitió su amigo—, un rap tan largo y rápido que si lo cantás, se te acalambra la lengua y te morís. Lo compuso Rony Cañete, que siempre andaba con una gorra de Tristán Suárez, y al poco tiempo estiró la pata. Hay una copia de la letra en la Biblioteca Pública Alfonsina Storni, pero ni se te ocurra cantarlo porque te vas a morir. En la biblio nadie se anima ni a mirarlo”. Miguelito fue a buscar el manuscrito ese mismo día. Tenía más de cien páginas, y si bien arrancaba hablando de las injusticias de la vida cotidiana, derivaba hacia temas como la ingeniería aeronáutica, los tratados de Sófocles o la diferencia entre los vikingos y los extraterrestres. Miguelito quedó tan fascinado que comenzó a entrenar para ejecutar el Rap de la Muerte, sin la necesidad de morir. Descubrió que si respiraba usando el esófago, podría sobrevivir a la canción maldita. Pasados unos meses, invitó amigos a su casa para una demostración. Empezó a rapear ayudándose con los ejercicios de respiración. Sus amigos, sorprendidísimos. Así fue hasta que Miguelito se resbaló con una consonante y se le trabó la lengua. Enseguida se llevó las manos al cogote y chilló como un camello atropellado. Los invitados, julepeadísimos, estaban por llamar a una ambulancia cuando en el aire se materializó el fantasma de Rony Cañete, reconocible por la gorra del Lechero. Rony zamarreó a Miguelito hasta que se le destrabó la lengua y recuperó el habla. Luego, le asestó una trompada en la nariz. “Sos un estúpido”, le dijo con voz de ultratumba, antes de desmaterializarse. Hoy, Miguelito tiene un puesto de frutas a un costado de la 205, y cuando algún joven se acerca para hablar de aquellos tiempos, se excusa diciendo que ya no le apasiona la música. Eso sí: guarda en su mesita de luz el manuscrito del Rap de la Muerte. No lo devuelve a la biblioteca, porque está atrasado con la cuota social y porque es un recordatorio de que hay riesgos que es mejor no correr.

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About José María Marcos (Editor)

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