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El tesoro del arroyo Rossi

Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses | Por Edgardo Pietrobelli (*)

El Negro Monte, de Villa Guillermina, nació con un sueño: ser millonario. Y junto a esa ilusión, le vino la capacidad de ver una oportunidad a cada paso. Tiempo atrás, mientras andaba cerca del arroyo Rossi, el Negro conoció a Fermio Enciso Estigarribia Olazábal. El anciano se había caído, y el Negro lo ayudó a levantarse. Caminaron hasta la placita del barrio, y en tono de confesión, Fermio le reveló que era bisnieto de un coronel escapado de la Guerra de la Triple Alianza. Según el relato, el militar había traído consigo parte del tesoro nacional, que se usaría para la reconstrucción de Paraguay. Con los años, y sin chances de volver a su país, enterró un cofre con oro, joyas y documentos en lo que hoy es Villa Guillermina. Antes de morir, el coronel le confió el lugar a su hija: “Cuando esté estrellado, mijita, camine desde casa por la vera del arroyo, mirando hacia el oeste, adonde se oculta el sol. Deténgase en la primera curva y dé unos veinte pasos hacia la izquierda. El tesoro está enterrado justo debajo de la Cruz del Sur”. La historia pasó de generación en generación hasta llegar a Fermio, quien viudo y sin hijos vivía en una casilla de chapa, en un sector que se inunda apenas llueve un poco de más. Tras oír con atención, el Negro decidió asociarse con el viejo y lo alojó en un galponcito en el fondo de su casa. Así fue que, juntos, intensificaron la búsqueda. Pero, una mañana, Fermio desconoció a su socio. “¿Quién es usted?”, preguntó mientras empuñaba un tramontina y dejaba que el Alzhéimer tomara el control de sus actos. “El Alemán viene cada vez más seguido”, diría Fermio al recobrar la lucidez y disculparse. No habrían pasado ni diez días cuando, una medianoche, sonó el celular de Monte. “¡Lo encontré! —dijo la voz de Fermio—. Vení rápido. Las tropas germanas me están rodeando”. “¡¿Dónde te metiste?! ¡¿Quién te dio un teléfono?!”, lanzó el Negro, sorprendido. “En el arroyo”, fue la respuesta del viejo. Monte salió urgente hacia la zona donde lo había cruzado por primera vez y lo vio rodeado por vecinos y policías, a quienes amenazaba con una pala. “Lo encontré, pero no recuerdo dónde. Justo volvió el maldito Alemán. El secreto está en las estrellas”, le dijo Fermio al Negro, que pidió perdón por la conducta del anciano y se lo llevó. A la mañana siguiente, mientras tomaban mate, Fermio le dijo: “Vendé mi casita y meteme en algún geriátrico. Ahí voy a estar mejor. El tesoro es todo tuyo. Yo no voy a tener tiempo de gastarlo”. El Negro cumplió con el pedido, y si bien no sacó mucho de la venta del chaperío del anciano, llevó a Fermio a un geriátrico de Quinta Avenida, donde todavía está alojado. En el barrio, de vez en cuanto, los vecinos vemos al Negro Monte por el arroyo meta hacer pozos. Sonríe feliz pensando en el botín que lo espera bajo tierra. Quienes lo conocemos nos preguntamos si quiere llegar a ser millonario, o si, en verdad, su deseo es nunca dejar de soñar con ser millonario.

(*) Actor, director y dramaturgo. Dirige El Saloncito Teatré.

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About José María Marcos (Editor)

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