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La mancha, el sueño, la perla

Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses | Por Pablo Ruocco (*)

Había sido la primera noche en nuestra casa. Me desperté agitado, aunque no sabía bien por qué. Durante algunos segundos permanecí acostado. Los ojos fijos en la pared más cercana, todavía sin revocar. Me quedé concentrado en la gama de grises, en lo desparejo del cemento. De repente, vi una mancha muy pequeña que se destacaba por ser más clara, de forma circular. Parecía una... ¡Ahí me acorde: eso era lo que me había resultado tan perturbador! Había soñado que vivía dentro de una perla. Encerrado. Que, por algún extraño conjuro, estaba condenado a pasar, sólo, toda la eternidad, dentro de una perla. Sin nada. Sin nadie. La tarde anterior, había conversado con Don Jordán, el vecino de en frente a mi terreno —todavía me cuesta decirle “casa”—, quien me había confesado, con una voz grave aunque serena, que en el loteo donde nosotros estábamos construyendo —como también lo hacían otros vecinos— había existido un lugar muy extraño y tenebroso, hacía más de cincuenta años. “El burdel de las mujeres tristes”, me aclaró como si se tratara de una extraña película de dudoso gusto. También me había confesado que una sola vez había podido entrar al burdel, ya que estaba prohibido el ingreso a los pueblerinos. “Sólo era para gente que venía de la Capital”, precisó. Me contó que el nombre del lugar se debía a que las mujeres eran traídas de otros pueblos a ejercer los más oscuros placeres a quienes se lo demandaran. Y que después se las veía caminando por el centro, con cara larga, como perdidas. “Eran las únicas mujeres de todo Tristán Suárez que tenían aros de perlas. Esa era su marca”. No sé qué cara habré puesto porque, de un momento a otro, Don Jordán estalló en una carcajada mientras me explicaba que era una broma que él le decía a cada persona nueva en el pueblo. Como un chiste de bienvenida. Que nunca existió ese burdel, ni las mujeres ni las perlas. Algo de eso se ve que me quedó resonando: de ahí el sueño. Entender esa relación entre el cuento de Don Jordán y el sueño me alivió. Me levanté para ir al baño. Me acerqué a la pared en donde había visto la mancha con forma de perla. No era una mancha.

(*) Psicólogo, psicodramatista y escritor. Coordina el Taller de Escritura y Literatura de la Municipalidad de Ezeiza.

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About José María Marcos (Editor)

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