Entrevista a Fernando Garriga

“Escribir una historia es estar conviviendo con ella todo el día”. Fernando Garriga tiene tres libros publicados y prepara un cuarto para el año próximo. En diálogo con LA PALABRA habló de sus inicios, los talleres literarios, su obra, los proyectos en marcha y su admiración por Juan José Saer. “Yo no podría dar consejos a la hora de escribir. Sólo uno: escribir. Escribir todo el tiempo, de noche y de día, en invierno y en verano. Sólo vale la escritura que se escribe a sí misma. Lo demás es artificio”, señaló.

Por José María Marcos - La Palabra de Ezeiza - Jueves 9 de noviembre de 2017
Fernando Garriga, escritor, jardinero y paisajista.
Fernando Garriga (Buenos Aires, 1964), residente en Ezeiza, tiene publicados tres libros, Escuela para ciegos (2013), Continuidad de la obra (2015) y Cumpleaños en la isla (2016), y para el 2018 prepara Lengua madre. Cuentos suyos han aparecido en diversas antologías y revistas de Argentina y España, y fue premiado en el marco del Concurso José Luis de Tejeda 2015 auspiciado en la Municipalidad de la Ciudad de Córdoba. En diálogo con LA PALABRA, Garriga habló de los inicios, su obra y los proyectos en marcha, y además, de su actividad de paisajista y jardinero.
Habiendo estudiado Letras en la Universidad de Buenos Aires, contó que para su formación fue clave haber concurrido a los talleres literarios de Mónica Sifrim y Hugo Correa Luna: “Empecé a escribir con alguna intención ‘seria’, con alguna constancia ya de grande, y eso a pesar de que de chico ya me inclinaba por la escritura. A los 45 años fui al taller de Mónica Sifrim. Ella fue mi primera formadora que años más tarde se transformó en la editora de Cumpleaños en la isla. Toda una experiencia de aprendizaje. Nunca antes había ido a un taller literario y lo considero una parte esencial en la formación de un escritor. Tanto Mónica como Hugo Correa Luna son dos personas absolutamente generosas en su entrega. Es un trabajo de mucha responsabilidad hay que estar muy preparado. Hay que tener un don. No es fácil lidiar con textos, saber ver qué les falta y hacia dónde pueden dispararse. Mónica y Hugo me han enseñado que siempre hay que ir un poco más allá de lo que uno puede llegar, traspasar los propios límites. Yo no podría dar consejos a la hora de escribir, sólo uno: escribir. Escribir todo el tiempo, de noche y de día, en invierno y en verano. Sólo vale la escritura que se escribe a sí misma. Lo demás es artificio”.

ESCUELA PARA CIEGOS

—En 2013 publicaste tu primer libro, Escuela para ciegos, por Malas Palabras Buks. El cuento que da título al volumen podría ser tomado como una reflexión sobre la escritura. ¿Qué significó en tu camino de escritor?
—Además de darle el título a mi primer libro publicado, es un cuento bisagra en mi historia. Y sí, también puede ser leído como una reflexión sobre la escritura, ¿por qué no? Un tipo pierde los anteojos y puesto en la obligación de leer ante un auditorio de niños ciegos, se ve en la necesidad de improvisar una historia: termina acudiendo al lugar donde acudimos muchos, su historia personal, su actualidad. De esa manera desgrana una narración de un cinismo demasiado fuerte para esos chicos. Disfruta con la molestia que provoca porque está molesto. Es un tipo ácido. Se sorprende, por supuesto: la acidez corroe todas las cosas; por eso, la gente se protege de lo ácido. Terminó quemándose.
—¿Qué tienen para enseñarnos los ciegos?
—La ceguera y cualquier discapacidad que alguien pueda tener nos pueden enseñar miles de cosas. De hecho la falta, la ausencia, es lo que a veces se destaca sobre lo que está presente. Un ciego puede enseñarnos a ver, su modo de percepción puede ser maravilloso ante la rústica mirada de aquellos que gozamos, todos los días, con un sentido más y apenas usamos. La mirada, el punto de vista, también puede ser ejercido por aquel que no puede ver.
—En 2015 fuiste distinguido en el Premio José Luis de Tejeda 2015, que trajo consigo la publicación de tu segundo libro, Continuidad de la obra. ¿Qué significó este reconocimiento?
—Es un orgullo haber sido distinguido en un concurso literario y más con la publicación de un libro de cuentos. Fue un estímulo. Esperemos que vengan más.

EL DELTA DEL PARANÁ

—Tu nuevo libro, Cumpleaños en la isla (Cien Volando, 2016), se sitúa en El Tigre. ¿Cuál es tu relación con esa región?
—La novela se desarrolla en el Delta del Paraná, en aquello que conocemos como El Tigre. Es un lugar maravilloso para mí. De chico viví en Zona Norte. Me rateaba del colegio para ir a remar. Mis padres me creían en clase y yo estaba en un bote por el Sarmiento llegando al Capitán. Fueron momentos de soledad muy importantes. Lo selvático del Tigre, lo desenfrenado de la naturaleza, las mañanas solitarias, brumosas y luminosas. En cualquier momento puede suceder la inundación, sin aviso. El desborde. La hosquedad de los isleños. La selva, los animales, el interior de las islas, inexplorado. ¡Me encanta el Tigre! Qué más puedo decir.
Cumpleaños en la isla comienza con un acápite de Juan José Saer de El limonero real: “Pero ahora que la canoa verde atraviesa el río gris, el influjo de la muerte apenas si acaba de comenzar”. ¿Cómo te llevás con el “influjo de la muerte”?
—Difícil hablar de la muerte, de su influjo. Todo lo que podemos exhibir sobre ella es nuestra ignorancia. Estamos muriendo todo el tiempo. Está a nuestro lado, es poderosa, cierta e incierta. Que la llamemos inesperada sólo significa que nunca estamos preparados. También matamos, nosotros. A animales. Destruimos ecosistemas enteros, gente. El humano es el perfecto asesino y el perfecto psicópata que se declara a favor de la vida. Matamos todo el tiempo al niño que llevamos dentro. Incluir a la muerte como una posibilidad cotidiana, creo, hace que seamos más exactos, más sueltos en el vivir. Hay que estar livianos. En el caso de Cumpleaños en la isla, se trata de una muerte que a la vez es una llave que abre una serie de posibilidades a los integrantes de una familia. La ausencia de esa madre permite a los que quedan, asumir diferentes roles. Eso es la muerte: una probabilidad, un día nos llega y es el cien por cien de lo que nos pasa.
—¿Por qué Juan José Saer y El limonero real?
—Admiro a Saer. Lo admiro profundamente. Tiene una escritura que se escribe a sí misma, que pone en pie de igualdad a la materia, al texto, con lo narrado. El texto es lo importante, el camino. No importan tanto los finales ni aquello que se cuenta. La belleza de su escritura me subyuga. Leo un párrafo y me siento, en comparación, un eterno principiante. Sé que no es un escritor fácil. Inaccesible para algunos. A mí me parece que sólo hay que dejarse llevar por su música. De hecho pienso que estamos un poco mal acostumbrados, que se nos ha impuesto la escuela de lo simple; aquella que dice que menos es más, como si fuera una verdad revelada. Bueno, en el caso de Saer, no. Menos no es más. La simpleza en sí es un valor, pero hay otros. Cada obra, si es buena, genera sus propios universos, sus respiraciones internas. Eso es lo grande de Saer. El acápite de El limonero real fue elegido justamente porque es un libro que habla de una ausencia también, de la muerte de un hijo. Además su atmósfera tiene que ver con la atmósfera que hay en el Tigre.

LOS VÍNCULOS FAMILIARES

—Tanto en Escuela para ciegos como en Cumpleaños en la isla son centrales los vínculos entre padres e hijos. ¿Es uno de los temas que te movilizan a la hora de la creación?
—Sí, es una buena lectura la pregunta. Resulta una temática familiar a mi escritura. De hecho mi próximo libro, Lengua madre, cuya publicación esperamos para marzo o abril de 2018, trata de la relación con mis padres haciendo hincapié en el lenguaje. Habla de mí, de mis hermanas, de la campaña al desierto, de la revolución libertadora de 1955, del golpe del 76 y de mi infancia en esa dictadura siendo hijo de un marino militar. Padres e hijos y el leguaje como posibilidad de evadir la ceguera de los que no quieren ver. En ese caso las palabras son como llaves que abren puertas. A la luz y a la oscuridad también.
—¿Qué otras problemáticas/tópicos te motivan?
—Me intereso en las pequeñas traiciones cotidianas, en la bajeza y en la altura de los actos de los que son capaces los personajes más pérfidos. Me intereso en la idiotez, en las tradiciones mínimas, en no moralizar, en simplemente narrar;  al fin y al cabo, eso somos: narradores.
—Trabajás como jardinero y paisajista. ¿Qué le da esta actividad a tu escritura literaria?
—Claro que mi trabajo de jardinero y paisajista está en mis relatos. Tengo cuentos enteros escritos sobre el tema. Una novela incluso, no editada. Trabajo para gente que vive en los barrios privados más pudientes de esta zona. Es una oportunidad. Gente muy rica. Entre ellos uno conoce, como en cualquier ámbito, las miserias y las bellezas de toda alma humana. Hay de todo, como en un barrio carenciado. Todos tenemos dramas y alegrías, es nuestra mente la que termina, siempre, complicando las cosas, seamos pobres o seamos ricos. En definitiva, hacer paisajes es crear universos que, si están bien equilibrados, tal vez lleguen a sobrevivirnos igual que una novela o un cuento. Es obra, es aquello que uno es, lo que uno hace y que nos perdura.
—¿Qué lugar ocupa la creación literaria en tu vida?
—Ocupa un lugar muy importante en mi vida. Escribir una historia es estar conviviendo con ella todo el día. Trato de escribir tres o cuatro horas diarias. Hay veces en las que la inspiración no aparece, bueno, me siento lo mismo, a leer, a corregir. Como esa frase que no recuerdo a qué escritor pertenece: “si la inspiración me encuentra, que me encuentre trabajando”. El hecho de trabajar de “otra cosa” quita tiempo a la escritura y a la vez enriquece la creación. Estoy agradecido por eso, por poder trabajar de “otra cosa” que también me gusta. Si no necesitara dinero para vivir, creo que emplearía mi tiempo en arreglar mi jardín y en seguir escribiendo.

Garriga y barriguita

Fernando Garriga es creador del blog Garriga y Garriguita. Al respecto contó: “En un primer momento fue un blog en el que subía textos con dibujos de mi hijo. Iba probando cómo le llegaba a la gente mi escritura. La blogósfera es un lugar de ida y vuelta genial. He hecho amigas y amigos de mucho intercambio. Con el tiempo, que siempre es una frazada corta, tuve que abandonarlo para dedicarme más a mis textos. En algún punto lo lamento, me siento en falta. Hoy en día, cada tanto, me limito a subir algún cuento o algún fragmento. De hecho hoy está colgado un cuento, ‘Messi malísimo’, que es mi único cuento que habla de fútbol. Y de qué manera extraña... supongo que si Messi lo lee me ganaré un juicio”. Para los curiosos: www.solocarneysangrefresca.blogspot.com

Perros ladran desde la costa invisible

Cumpleaños en la isla (Cien Volando, 2016), de Fernando Garriga, transcurre en el Delta del Paraná, que funciona como espacio real, ubicándonos en una geografía y un tiempo actuales, y también, como referencia simbólica, por la presencia del río y su permanente transformación. El relato se enfoca en una instancia clave de la vida: el momento en el que un hijo atisba el mundo privado de su progenitor, con sus necesidades y deseos. Los sucesos elegidos para el inicio son prometedores: Jito (un chico mudo de 20 años) llega a la casa del Tigre para festejar el cumpleaños de Jorge (su padre, recientemente viudo) y lo encuentra manteniendo relaciones con Mario, el vicedirector de una escuela donde ambos trabajan. Esta escena —que podría preludiar una larga pelea familiar, o un melodrama— resulta el puntapié para acompañar a Jito y Jorge (y, también, a Mario) en el comienzo de un nuevo período, cargado de gestos mínimos que le ponen cuerpo a palabras que no logran pronunciarse. En estas circunstancias, Jito se da cuenta de que su padre sigue siendo “su padre” y además “casi un desconocido”, mientras que él, en tanto hijo, “es él” y a la vez “otro”. Escrita con un lenguaje directo y poético, esta nouvelle de Garriga podría llamarse también “Bautismo en la isla”, si se piensa en la ceremonia de iniciación que representa el final de una vida, para renacer en otra a través del agua, región en la que forma y consistencia se encuentran en estado latente. Las corrientes, la amenaza de la tormenta, la copiosa lluvia, la casa recibiendo los embates de la naturaleza, una pala en el jardín y hasta los restos de un espantapájaros son algunos de los elementos que le brindan carnadura a esta historia construida de manera sutil, como si cada hecho narrado fuera la resonancia de una fuerte emoción, o, tal vez, la estela de un inspirado sueño, donde “hay perros que ladran, con ecos, desde la costa invisible”. (José María Marcos, La Palabra de Ezeiza, 09-11-17)
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