El libro de la semana: "La tarea del crítico", de Walter Benjamin

Benjamin (Alemania, 15 de julio de 1892 - España; 26 de septiembre de 1940) fue filósofo, crítico literario y social, traductor, locutor de radio y ensayista. Escribió parte de sus trabajos con los seudónimos “Benedix Schönflies” y “Detlef Holz”. Por Beatriz Sarlo (Agencia Télam)

En su reciente "Carrusel Benjamin", Mariana Dimópulos escribe: “Benjamin se propone por medio de la crítica el ejercicio de la contemporaneidad”. Pocos meses después de publicado ese libro inteligente, su autora presenta una antología anotada de textos benjaminianos, traducidos por Ariel Magnus, que permite leer a Benjamin en paz, deteniéndose solo en las verdaderas dificultades, no en la torpeza de la mayoría de sus traductores.
"La tarea del crítico" es el título con que se publican estas reseñas y textos cortos. Varios de los libros que merecieron la atención de Benjamin hoy son inertes documentos de una historia editorial. Sin embargo, eso importa poco, porque las observaciones sobre ellos valen independientemente del texto que las provocó. Las notas a pie de página no son obstáculos de una lectura, sino que, con sus citas del propio Benjamin y la extensión de datos indispensables, abren el texto. Todo esto merece nuestro agradecimiento, incluida Eterna Cadencia, la editorial que ha venido publicando “los Benjamin” de Dimópulos.
Es bien sabido que Benjamin quiso ser el mayor crítico de la literatura alemana. Esta cita encabeza el prólogo de Dimópulos y, como armazón, sostiene su antología. Benjamin se propuso muchas cosas, algunas de ellas trágicamente inconclusas. Pero su ambición critica se cumplió del todo. Benjamin es un gran aforista. Esta cualidad, que no siempre es evidente en sus ensayos largos, brilla en los de crítica literaria.
Doy algunos ejemplos que resultan familiares. “Las grandes reminiscencias, los estremecimientos históricos, son para el verdadero flâneur una chuchería que con gusto le deja al viajero”. Una entera teoría del flâneur encerrada en el aforismo que se completa, dos o tres páginas después, con lo siguiente: “La vivencia quiere lo extraordinario y el hecho sensacional, la experiencia lo siempre igual”. Ambas frases son una síntesis de las decenas de páginas escritas por Benjamin y algunos de sus contemporáneos sobre el flâneur. Podría decirse también que el flâneur no necesita de la ciudad ni de lo urbano para caracterizarse. Sin duda ese es su escenario. Pero lo que lo vuelve un personaje singular es su relación con el espacio que recorre. A diferencia del turista y del viajero, el flâneur busca la repetición como ritmo interior. El viajero necesita sorprenderse y, por eso, planifica. El flâneur se atiene al azar: lo suyo es el reconocimiento y la repetición como reemplazo de la efímera novedad. Es (observa Benjamin) una especie de coleccionista en movimiento.
Es, también, un coleccionista de residuos, como los niños que “son atraídos por los residuos que siempre se generan en las obras en construcción, la jardinería o la carpintería, en el sastre o donde sea”. Sabemos que Benjamin era coleccionista y lo fascinaban los libros infantiles y los juguetes. Los cuentos infantiles, escribe, son productos del residuo que queda del origen y la decadencia de una leyenda. Su materia es arcaica y repetitiva. Décadas antes de que Jakobson y Lévi-Strauss se ocuparan de leer el mito en los relatos, Benjamin lo descubrió allí mismo como residuo: Caperucita, Cenicienta, Piel de Asno, son origen y conservación secreta de los crueles avatares del mito. Otro aforismo o, para decirlo en el vocabulario de Benjamin, otra iluminación.
Sorprenden, en esta antología, un par de reseñas de novelas. Como al pasar, Benjamin señala caminos a la historia de la literatura. Dice, por ejemplo, que Gide “sostiene las posiciones de Flaubert, tal vez por última vez”. Y lo apunta así, al soslayo en una nota sobre "Berlín Alexanderplatz" de Alfred Döblin, donde su principal observación es sobre el modo en que esta novela tiene el montaje como principio constructivo. Cito extensamente porque, en estas frases, Benjamin definió un programa vanguardista y sus principios formales. Todo con la brevedad de una iluminación: el crítico lee y, literalmente, se da cuenta. Así escribe: “El montaje verdadero se basa en el documento. En su fantástica lucha contra la obra de arte, el dadaísmo se alió, a través del montaje, a la vida cotidiana. Fue el primero, aunque de manera insegura, que proclamó la autocracia de lo auténtico”.
Benjamin se interesa por descubrir en cada texto posibilidades escondidas, obturadas, olvidadas de la literatura, o su potencialidad futura. Por eso, sus comparaciones entre obras son tan originales. Dice, por ejemplo, que "Berlín Alexanderplatz" es la "Educación sentimental" de un malhechor. La novela de Flaubert y la de Döblin se resignifican en esta imagen que las une imprevistamente. Las imágenes, que unen lo que nadie había unido antes, son, para Benjamin, el corazón mismo del surrealismo y, de pronto, las encontramos en su propio ensayo.
Las dos brevísimas páginas que Benjamin dedica a una novela hoy olvidada, "El camarero" de Iwan Schmeliov, que no le interesa, le permite una comparación iluminadora sobre los efectos de lectura. “Cuando cierro una novela de Stendhal o Flaubert, una novela de Dickens o de Keller, siento como si saliera de una casa hacia el exterior… En cambio, cuando termino un libro de Dostoievski, primero tengo que regresar a mí mismo, restablecerme”. Benjamin no necesita extenderse más allá de la frase para trazar una diferencia esencial.
Una observación obliga a la cita por lo que tiene de actual. Sobre el uso del “yo”, esa indiscreta y molesta primera persona, Benjamin afirma que requiere derechos previamente adquiridos: “Habría que acostumbrar a los escritores a considerar la palabra ‘yo’ como su reserva de víveres. Así como los soldados no pueden tocar la suya antes de que pasen treinta días, tampoco los escritores deberían desenterrar el ‘yo’ antes de tener cumplida la treintena. Cuando más temprano recurren a él, peor entienden su oficio”. La excepción, continúa Benjamin, son los grandes polemistas.
Podría seguir citando. Va la última, que tiene la profundidad inesperada de lo cómico. Benjamin reseña la traducción francesa de "El circo" de Ramón Gómez de la Serna, aunque su nota, en realidad, abandona el libro, para discurrir sobre los efectos del circo: “Su público es mucho más respetuoso que el de cualquier teatro o sala de conciertos. Eso tiene que ver con que en el circo la realidad tiene la palabra, no la apariencia. Aún sigue siendo más concebible que un señor del público le pida el programa a su vecino mientras Hamlet apuñala a Polonio, que mientras el acróbata realiza el doble salto mortal desde la cúpula”.
Solo conozco otros dos escritores del siglo XX cuya crítica sea tan inteligente, tan personal, tan intérprete de una época y tan independiente de ella al mismo tiempo: Jean-Paul Sartre y Roland Barthes. Leyendo esta selección de reseñas benjaminianas, por casualidad, releía, en paralelo, "Situaciones I" de Sartre donde se agrupan algunas de sus mejores reseñas sobre Faulkner, Dos Passos, Camus, Nabokov. Y todo el tiempo pensaba: son dos mundos inconmensurables, dos temperamentos, pero ¡cómo se parecen! Tienen capacidades distintas pero igualmente intensas para la percepción literaria y el destello teórico. En cuanto a Barthes, la confianza en el poder de la frase es tan inquebrantable como en Benjamin.
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