"La vida en el archivo", de Lila Caimari

Historiadora y docente, Caimari es autora de tres libros sobre la cuestión criminal: “Apenas un delincuente. Crimen, castigo y cultura en la Argentina, 1880-1955”; “Mientras la ciudad duerme. Pistoleros, policías y periodistas en Buenos Aires, 1920-1945” y “La ciudad y el crimen. Delito y vida cotidiana en Buenos Aires, 1880-1940”.

Por Damián Tabarovsky (Agencia Télam)

Vengo leyendo a Lila Caimari desde hace tiempo, y al menos dos de sus libros me resultaron excepcionales: el primero, llamado "Apenas un delincuente. Crimen, castigo y cultura en la Argentina, 1880-1955", toma el título de la película de Hugo Fregonese, de 1949, en el que un empleado, aburrido y mediocre, decide estafar a la empresa en la que trabaja, esconder la plata, ir a prisión unos pocos años, y a la salida disfrutar del dinero y la buena vida (cualquier similitud con el caso Frendrich, de 1994, no es pura coincidencia).
Por supuesto que el plan perfecto puede fallar, y en este caso obviamente fracasa: verbo que no califica al libro de Caimari, que al contrario resulta ser una gran investigación socio-histórica acerca del tema de la prisión en la Argentina, pero también de los medios de comunicación y sus representaciones sociales.
El siguiente es "Mientras la ciudad duerme. Pistoleros, policías y periodistas en Buenos Aires, 1920-1945", libro que toma el título de la película de John Houston de 1950 (llamada en inglés "The Asphalt Jungle"), basada en uno de las novelas clásicas del noir, de W.R.
Burnett, en el que un ladrón sale de la cárcel en libertad condicional y decide robar una joyería, junto a un abogado corrompido y a una banda de amigotes expertos en esos lances. Logran robar el local, pero luego, poco a poco, una serie de traiciones y disputas hace que la banda entera sea atrapada. Ese también era un plan perfecto, pero podía fallar. Y falló. Decir perfecto es tal vez una exageración, pero sin dudas el libro de Caimari es también un gran investigación histórica, nuevamente sobre la crónica policial (la crónica roja, como dirían en México, expresión encantadora) al que le agrega un formidable trabajo sobre los archivos policiales.
Ambos libros tienen mucho en común, y bien pueden leerse como la continuidad uno del otro. También las historias de ambas películas tienen algo en común: las dos terminan mal. Evidentemente a Caimari le gustan las historias que terminan mal. Esa sensibilidad —llamémosla estética— recorre ambos textos, guía su mirada, su acercamiento a esos asuntos, poco tratados entre nosotros, pero que son constitutivos en la formulación de los diversos modelos represivos que funcionaron y aún funcionan en la Argentina moderna. Detrás de esas lecturas hay, por supuesto, Foucault, pero también Michel de Certeau, un diálogo con colegas de su misma generación como Sandra Gayol, y una lectura atentísima de la obra de Enrique Marí, entre muchas otras referencias.
Pero ahora Caimari escribió un libro que termina bien. O mejor dicho, una serie de ensayos -en los que la historia es un telón de fondo y la buena escritura el otro- que bien pueden leerse como el making off de esos libros cruciales. Porque "La vida en el archivo. Goces, tedios y desvíos en el oficio de la historia" (subtítulo que, creo, está demás) es uno de esos maravillosos textos híbridos -un poco ensayo literario y otro poco nota metodológica, un poco cuaderno de apuntes y otro poco resumen de trabajos realizados- que se escriben cada tanto, pero que cuando eso sucede, deja al lector atrapado a la literalidad del texto y a la inteligencia desplegada (dejar al lector atrapado no debe ser poco para una especialista en cárceles).
Encabezado por una frase del propio de Certeau, que es casi un programa en sí mismo ("Un verdadero historiador sigue siendo un poeta del detalle"), el libro compila diversos ensayos que reflexionan en torno a su experiencia empírica como historiadora (en archivos, bibliotecas, hemerotecas) hasta desembocar en un agudo pensamiento sobre la tensión entre investigación y escritura de la historia. En algún pasaje, Caimari menciona la fascinación por "El queso y los gusanos", de Carlo Ginzburg, texto en donde la distinción entre investigación rigurosa y una escritura magistral se vuelve, precisamente, indistinguible.
"La vida en el archivo" está lleno de pequeñas observaciones notables, así, dichas como al pasar, que podrían perfectamente trasladarse a un cuaderno de notas (el cuaderno de notas de un cuaderno de notas). Por ejemplo, hablando de los historiadores: "Somos artesanos del hallazgo errático, fetichistas del residuo, viudos". O: "Traducir el archivo a la escritura es, primero, renunciar". O también: "Así, mientras selecciona (en el archivo) va imaginando una intriga". Aparte de estas miniaturas, remarco tres momentos fuertes del libro, que cada uno ameritaría incluso un tratamiento más extenso. El primero es su relación con Foucault, su acercamiento, su deslumbramiento, y luego su mayor distancia, que no alcanza a convertirse en crítica, pero sí en pregunta acerca de la utilidad de la obra de Foucault para sus casos específicos, en el marco de una, ahora sí, critica a cierta recepción de Foucault: "El irreverente Foucault ha tenido una descendencia curiosamente sumisa, y el modelo de relación con su autoridad intelectual que se ha establecido en los estudios de caso que voy leyendo me resulta por momentos incómodamente acrítico".
El segundo tópico, tratado como "una digresión" reside en una "falta de reflexión sobre el peso de la demanda externa en las decisiones de investigación, un elemento que impone 'desvíos' del camino original (…) como sabemos, los proyectos diseñados por otros, que con frecuencia responden a subsidios diseñados por otros más (…) afectan directamente las prioridades de distribución de nuestras energías investigativas. Si bien esto siempre fue cierto, lo es cada vez más: la profesionalización vertiginosa (…) ha potenciado el peso de este factor". Dejo este punto aquí, solo con la ilusión de leer algún día un buen análisis -casi un mapa- de las condiciones materiales de producción de los textos de ciencias sociales y su influencia -nunca mecánica, pero siempre real- sobre los temas y caminos elegidos por los diversos autores.
El tercero, también señalado brevemente, atañe directamente al status mismo del archivo como problema histórico, pero también social e incluso filosófico (pienso el muy agudo "Mal de archivo", de Derrida): "Como observa Roy Rosenzweig, el quehacer de la historia transita el paso de un régimen de la escasez a uno de la abundancia". Internet, el acceso a bibliotecas virtuales, a archivos remotos, a toda clase de documentos que circulan por la web, transforma el trabajo del historiador. Caimari prefiere no vaticinar resultados ("todavía no está claro dónde llevará ese tránsito") pero sí deja constancia de esos cambios ("Por la vía de los escáneres portátiles y las cámaras digitales, se está produciendo una modificación radical en la escala del archivo de trabajo").
La cita inaugural de Michel de Certeau termina con una frase que bien describe el libro de Caimari: "las mil armonías que una pieza rara despierta en un campo de conocimientos".


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